Venus y las Pléyades

Venus es el segundo planeta del Sistema Solar en orden de distancia desde el Sol, y el tercero en cuanto a tamaño, de menor a mayor. Recibe su nombre en honor a Venus, la diosa romana del amor. Se trata de un planeta de tipo rocoso y terrestre, llamado con frecuencia el planeta hermano de la Tierra, ya que ambos son similares en cuanto a tamaño, masa y composición, aunque totalmente diferentes en cuestiones térmicas y atmosféricas. La órbita de Venus es una elipse con una excentricidad de menos del 1 %, formando la órbita más circular de todos los planetas; apenas supera la de Neptuno. Su presión atmosférica es 90 veces superior a la terrestre; es por tanto la mayor presión atmosférica de todos los planetas rocosos. A pesar de estar situado más lejos del Sol que Mercurio, Venus posee la atmósfera más caliente, pues ésta atrapa mucho más calor del Sol, debido a que está compuesta principalmente por gases de invernadero, como el dióxido de carbono. Este planeta además posee el día más largo del sistema solar: 243 días terrestres, y su movimiento es dextrógiro, es decir, gira en el sentido de las manecillas del reloj, contrario al movimiento de los otros planetas. Por ello, en un día venusiano el sol sale por el Oeste y se oculta por el Este. Sus nubes, sin embargo, pueden dar la vuelta al planeta en cuatro días. De hecho, hace muchos años, antes de estudiar el planeta enviando a su superficie naves no tripuladas y estudiar su superficie con radar, se pensaba que el período de rotación de Venus era de unos cuatro días.

Al encontrarse Venus más cercano al Sol que la Tierra (es un planeta interior), siempre se puede encontrar en las inmediaciones del Sol (su mayor elongación es de 47,8°), por lo que desde la Tierra se puede ver sólo durante unas pocas horas antes del orto (salida del Sol), en unos determinados meses del año, o también durante unas pocas horas después del ocaso (puesta del Sol), en el resto del año. A pesar de ello, cuando Venus es más brillante, puede ser visto durante el día, siendo uno de los tres únicos cuerpos celestes que pueden ser vistos de día a simple vista, además de la Luna y el Sol. Venus es normalmente conocido como la estrella de la mañana (Lucero del Alba) o la estrella de la tarde (Lucero Vespertino) y, cuando es visible en el cielo nocturno, es el segundo objeto más brillante del firmamento, tras la Luna.

Por este motivo, Venus debió ser ya conocido desde los tiempos prehistóricos. Sus movimientos en el cielo eran conocidos por la mayoría de las antiguas civilizaciones, adquiriendo importancia en casi todas las interpretaciones astrológicas del movimiento planetario. En particular, la civilización maya elaboró un calendario religioso basado en los ciclos astronómicos, incluyendo los ciclos de Venus. El símbolo del planeta Venus es una representación estilizada del espejo de la diosa Venus: un círculo con una pequeña cruz debajo, utilizado también hoy para denotar el sexo femenino.

Venus es el astro más característico en los cielos de la mañana y de la tarde de la Tierra (después del Sol y la Luna), y es conocido por el hombre desde la prehistoria. Uno de los documentos más antiguos que sobreviven de la biblioteca babilónica de Ashurbanipal, datado sobre el 1600 a. C., es un registro de 21 años del aspecto de Venus (que los primeros babilonios llamaron Nindaranna). Los antiguos sumerios y babilonios llamaron a Venus «Dil-bat» o «Dil-i-pat»; en la ciudad mesopotámica de Akkad era la estrella de la madre-diosa Ishtar, y en chino su nombre es «Jīn-xīng» (金星), el planeta del elemento metal. Venus se consideró como el más importante de los cuerpos celestes observados por los mayas, que lo llamaron «Chak ek» (la gran estrella). Los antiguos griegos pensaban que las apariciones matutinas y vespertinas de Venus eran dos cuerpos diferentes, y les llamaron Hesperus cuando aparecía en el cielo del Oeste al atardecer y Phosphorus cuando aparecía en el cielo del Este al amanecer.

Fases de Venus observadas desde la Tierra.

Al encontrarse la órbita de Venus entre la Tierra y el Sol, desde la Tierra se pueden distinguir sus diferentes fases de una forma parecida a las de la Luna. Galileo Galilei fue la primera persona en observar las fases de Venus en diciembre de 1610, una observación que sostenía la entonces discutida teoría heliocéntrica de Copérnico. También anotó los cambios en el tamaño del diámetro visible de Venus en sus diferentes fases, sugiriendo que éste se encontraba más lejos de la Tierra cuando estaba lleno y más cercano cuando se encontraba en fase creciente. Estas observaciones proporcionaron una sólida base al modelo heliocéntrico.

Venus es más brillante cuando el 25 % de su disco (aproximadamente) se encuentra iluminado, lo que ocurre 37 días antes de la conjunción inferior (en el cielo vespertino) y 37 días después de dicha conjunción (en el cielo matutino). Su mayor elongación y altura sobre el horizonte se produce aproximadamente 70 días antes y después de la conjunción inferior, momento en el que muestra justo media fase; entre estos intervalos, Venus es visible durante las primeras o últimas horas del día si el observador sabe dónde buscarlo. El período de movimiento retrógrado es de veinte días en cada lado de la conjunción inferior.

En raras ocasiones, Venus puede verse en el cielo de la mañana y de la tarde el mismo día. Esto sucede cuando se encuentra en su máxima separación respecto a la eclíptica y al mismo tiempo se encuentra en la conjunción inferior; entonces desde uno de los hemisferios terrestres se puede ver en los dos momentos. Esta oportunidad se presentó recientemente para los observadores del hemisferio norte durante unos días sobre el 29 de marzo de 2001, y lo mismo sucedió en el hemisferio sur el 19 de agosto de 1999. Estos eventos se repiten cada ocho años conforme al ciclo sinódico del planeta.

Como lo describe Jesús Galindo en su libro “Arqueoastronomía en la América Antigua” (editado por CONACYT), es notable la importancia que tenía Venus para los Mayas, quienes la conocían bajo varios nombres: Xux Ek o estrella avispa, ya que creían que en determinados momentos la luz del planeta era perjudicial; Nok Ek, la gran estrella, y sastal Ek, la estrella brillante, por su intenso brillo; chac Ek, la estrella roja, por el color que adquiere cuando está cerca del horizonte. Venus es también Ahzab Kab Ek, la estrella que despierta a la Tierra. Venus está asociada a Kukulcan entre los Mayas, el equivalente Maya de Quetzalcoatl.

Cuando uno considera el movimiento de un planeta el ciclo que rige su posición en el cielo es el denominado ciclo sinódico, que es el lapso de tiempo que tarda el planeta en cuestión en adquirir la misma posición relativa con el Sol y la Tierra. En el caso de Venus el periodo sinódico de 584 días era dividido en cuatro partes por los Mayas: durante 236 días Venus es la estrella de la mañana (Ahzab Kab Ek); los 90 días posteriores corresponden al paso de Venus por atrás del Sol (o conjunción superior); después vienen 250 días en que Venus es la estrella de la tarde seguidos por un breve, pero importante, período de 8 días en los cuales Venus se halla en la conjunción inferior (es decir enfrente del Sol) y desaparece al no poder reflejar la luz de éste hacia la Tierra. Es al reaparecer después de los 8 días, que dura la conjunción inferior, que se creía que su luz podía ser altamente perjudicial para los hombres, causando “muerte, pestilencia y destrucción”, dependiendo del día en que se produjera la reaparición dentro del calendario ritual de 260 días. La creencia de la mala influencia que podría tener Venus al reaparecer después de la conjunción inferior, persistió hasta los Aztecas, quienes de acuerdo a los anales de Quauhtitlán, pensaban que sus “penetrantes rayos” podían causar heridas.

Pero era en la obsesión de los Mayas por los ciclos donde residía en gran parte la importancia de Venus: 5 ciclos sinódicos de este planeta corresponden casi exactamente a 8 años de 365 días (5 X 584 días = 8 X 365 días = 2920 días). La conexión con el “año ritual” de 260 días se daba después de un Huehuetiliztli, período de 104 años que corresponde a 65 ciclos sinódicos venusinos y 146 “años rituales”. Estos números están redondeados, ya que el ciclo sinódico de Venus es en realidad de 583.92 días mientras que el año dura 365.24 días. Los Mayas hicieron elaboradas tablas para corregir las pequeñas discrepancias entre el periodo sinódico de Venus, el año y otros ciclos. Así, al haber transcurrido 301 ciclos de 584 días, los Mayas habían restado en total 24 días (en forma análoga a nuestra costumbre de agregar un día cada cuatro años) y con esta corrección podían predecir la posición de Venus con un error de tan solo 2 horas en 481 años! El conocimiento de esta última corrección por los Mayas es sin duda uno de los descubrimientos mas sobresalientes de la astronomía antigua.

Así como desde la Tierra podemos ver el ciclo de fases de la Luna (sinódico) durante unos 2 días más que su ciclo orbital (sidéreo) y dividirlo en 4 ciclos de 7 días (4 semanas), también se puede ver el ciclo completo de fases de Venus durante 584 días, aunque lógicamente con un telescopio. El ciclo sinódico de Venus dura unos 360 días (un ciclo Tun) más que el tiempo de su órbita (225 días).

La importancia que los Mayas daban a Venus llegó al punto que el diseño del templo de El Caracol, considerado como el mas importante observatorio astronómico de los Mayas, está fuertemente influenciado por la trayectoria de Venus en el cielo: por ejemplo, la alineación de su base con la puesta mas al norte de Venus difieren menos de un grado. El culto a Venus persistió hasta el tiempo de los Aztecas, quienes la denominaban Huey Citlalín, la gran estrella, y en su carácter de estrella de la mañana era asociada con Quetzacoatl.

 

Las Pléyades son un puñado de estrellas muy jóvenes. Se formaron hace apenas 100 millones de años, durante la era de los dinosaurios en la Tierra, a partir del colapso de una nube de gas interestelar. Las estrellas más grandes y brillantes del cúmulo son de color blanco-azulado y cerca de cinco veces más grandes que nuestro propio Sol.

Las Pléyades no existían cuando Venus emergió de la nebulosa protosolar hace cuatro mil quinientos millones de años. Nadie sabe cómo se veía Venus en aquellos primeros días del sistema solar. Podría haber sido verde y exuberante, semejante a la Tierra. Hoy en día, sin embargo, es infernal. Un efecto invernadero irreversible en la atmósfera de Venus ha sobrecalentado el planeta hasta los 480° C (900° F), lo suficientemente caliente como para derretir plomo. Densas nubes grises que contienen ácido sulfúrico ocultan la superficie de Venus a los telescopios de la Tierra. Las sofocantes nubes son, al parecer, excelentes reflectoras de la luz solar y es por eso que Venus es tan brillante.

Vista desde la Tierra, Venus es aproximadamente 600 veces más brillante que Alcione, la estrella más luminosa de las Pléyades. Durante el fin de semana trate de ver al grupo de estrellas con unos binoculares. Verá docenas de tenues pléyades invisibles al ojo humano desnudo. Entre ellas, Venus parecerá una supernova.

¿Porqué Venus se mueve entre las estrellas?

Porque su órbita no es la misma que la de la Tierra. Venus está más cerca del Sol y viaja a su alrededor más rápido (35 km/s contra 29.7 km/s de la Tierra). Desde nuestro planeta, por lo tanto, Venus parece moverse entre las estrellas — entrando y saliendo de las Pléyades en apenas unas cuantas noches. “La gente no puede sentir a la Tierra moverse en su órbita, pero esta es una excelente oportunidad para que sintamos el efecto visual del movimiento de los planetas”, dice el físico espacial Dennis Gallagher de NASA/MSFC.

La Diosa del Amor Visita a las 7 Hermanas — (Jack Horkheimer).

La Historia y Mitología de las Pléyades — (SEDS)

Las Estrellas Más Brillantes de las Pléyades — (SEDS).

El Cúmulo Estelar de las Pléyades — (APOD) La fotografía más famosa del famoso cúmulo de estrellas.

Un Encuentro de Planetas — (Ciencia@NASA) Venus no es el único planeta que se ve hoy por la noche. ¿Podría usted distinguir los otros cuatro?

El número áureo

El número áureo (también llamado número de oro, razón extrema y media,[1] razón áurea, razón dorada, media áurea, proporción áurea y divina proporción[2] ) es un número irracional,[3] representado por la letra griega φ (phi) (en minúscula) o Φ (Phi) (en mayúscula) en honor al escultor griego Fidias.

La ecuación se expresa de la siguiente manera:

\varphi = \frac{1 + \sqrt{5}}{2} \approx 1,61803398874989...

El número áureo surge de la división en dos de un segmento guardando las siguientes proporciones: La longitud total a+b es al segmento más largo a, como a es al segmento más corto b.

También se representa con la letra griega Tau (Τ τ),[4] por ser la primera letra de la raíz griega τομή, que significa acortar, aunque encontrarlo representado con la letra fi (phi) (Φ,φ) es más común. También se representa con la letra griega alpha minúscula.[5]

Se trata de un número algebraico irracional (su representación decimal no tiene período) que posee muchas propiedades interesantes y que fue descubierto en la antigüedad, no como una expresión aritmética sino como relación o proporción entre dos segmentos de una recta; o sea, una construcción geométrica. Esta proporción se encuentra tanto en algunas figuras geométricas como en la naturaleza: en las nervaduras de las hojas de algunos árboles, en el grosor de las ramas, en el caparazón de un caracol, en los flósculos de los girasoles, etc. Entre sus propiedades aritméticas más curiosas es que su cuadrado (Φ2 = 2,61803398874989…) y su inverso (1/Φ = 0,61803398874989…) tienen las mismas infinitas cifras decimales.

Asimismo, se atribuye un carácter estético a los objetos cuyas medidas guardan la proporción áurea. Algunos incluso creen que posee una importancia mística. A lo largo de la historia, se ha atribuido su inclusión en el diseño de diversas obras de arquitectura y otras artes, aunque algunos de estos casos han sido cuestionados por los estudiosos de las matemáticas y el arte.

Los doce apóstoles de México

Los doce apóstoles de México, también conocidos como los doce apóstoles de Nueva España, fue un grupo de doce misioneros franciscanos que llegaron al recién fundado virreinato de Nueva España en mayo de 1524 con el objetivo de convertir al cristianismo a la población indígena. El grupo estaba compuesto por:

Cuando Hernán Cortés se disponía para su expedición hondureña, después de desembarcar en Ulúa el 13 ó 14 de mayo de 1524, llegó a México el 17 ó 18 de junio del mismo año la primera nutrida misión de doce franciscanos de la Observancia, hecho histórico de notable relieve, pues con ellos comenzó en Nueva España la evangelización ordenada y metódica. Una corazonada del Ministro General de la Orden franciscana, Francisco de Quiñones, asumida por el mismo Romano Pontífice, en 1524, le impulsó a enviar a Indias «un prelado con doce compañeros, porque éste fue el número que Cristo tomó de su compañía para hacer la conversión del mundo».

La prelacía recayó sobre la rica personalidad de fray Martín de Valencia. Le acompañaron: fray Francisco de Soto; Martín de Jesús o de la Coruña; Juan Juárez (o Suárez), quien, junto con fray Juan de Palos, hermano laico, murió en Florida; fray Antonio de Ciudad Rodrigo, quien se distinguió como hábil gobernante y defensor de los derechos de los indígenas; Toribio de Benavente o «Motolinía», fino observador de la naturaleza y de las costumbres de los nativos e infatigable escritor; fray García de Cisneros, primer Provincial de la recién creada Provincia; Luis de Fuensalida, quien renunció a la mitra de Michoacán; fray Juan de Ribas, defensor a ultranza del mantenimiento del espíritu de la reforma religiosa; fray Francisco Jiménez, quien recibió ya en Nueva España la ordenación sacerdotal, hábil canonista; y, por último, fray Andrés de Córdoba, también hermano laico.

Fieles a la consigna de no claudicar jamás de la pobreza franciscana, al desembarcar después de la larga travesía recorrieron a pie y descalzos las sesenta leguas que separan el puerto de Veracruz de la ciudad de México. Hernán Cortés los recibió con muestras de veneración y los agasajó solemnemente. Los franciscanos fueron un aldabonazo para los españoles y un descubrimiento para los indios. El contraste resultaba llamativo. Les seguían y les rodeaban los indios sin parar, hablando en el idioma local, del que los piadosos hijos de San Francisco no sacaban en limpio más que una constante repetición de la palabra «motolínea».

La insistencia de los nativos les picó la curiosidad y preguntaron qué significaba aquel vocablo. Les contestaron que quería decir «pobre» o «pobres». El impetuoso fray Toribio de Benavente, llevado de su entusiasmo, hizo de aquella palabra india su propio apellido. Una vez asentados en la región, pidieron a los caciques y principales que les enviasen sus hijos para educarlos en la fe cristiana. No les resultó fácil convencer a los respectivos progenitores, pero no se desalentaron, y los colegios franciscanos resultaron una institución de primer rango en el México cristiano. Además, se convencieron pronto de que era necesario dominar el idioma de los nativos y llegaron a ser maestros en un menester tan humanista. Celebraron un Capítulo franciscano y dividieron la extensa región en cuatro provincias, que fueron la base de la definitiva organización franciscana en tierras mexicanas.

El mexicano Carlos Pereyra observó, ya hace años, un fenómeno muy curioso, por el cual los hispanos europeos, tratando de reconciliar a los hispanos americanos con sus propios antepasados criollos, defendían la memoria de éstos. Según eso, «el peninsular no se da cuenta de que toma a su cargo la causa de los padres contra los hijos» (La obra 298). Esa defensa, en todo caso, es necesaria, pues en la América hispana, en los ambientes ilustrados sobre todo, el resentimiento hacia la propia historia ocasiona con cierta frecuencia una conciencia dividida, un elemento morboso en la propia identificación nacional.

Ahora bien, «este resentimiento -escribe Salvador de Madariaga- ¿contra quién va? Toma, contra lo españoles. ¿Seguro? Vamos a verlo. Hace veintitantos años, una dama de Lima, apenas presentada, me espetó: “Ustedes los españoles se apresuraron mucho a destruir todo lo Inca”. “Yo, señora, no he destruido nada. Mis antepasados tampoco, porque se quedaron en España. Los que destruyeron lo inca fueron los antepasados de usted”. Se quedó la dama limeña como quien ve visiones. No se le había ocurrido que los conquistadores se habían quedado aquí y eran los padres de los criollos.»

Esta anécdota le paso a mi hermano pero al revés en Madrid. Le decía el madrileño: «Nosotros los españoles conquistamos América.» A lo que contesto Carlos: «Los que conquistaron América fueron mis abuelos, los tuyos se quedaron aquí.»

¿Cómo se explica si no que unos miles de hombres sujetaran a decenas de millones de indios? En La crónica del Perú, hacia 1550, el conquistador Pedro de Cieza se muestra asombrado ante el súbito desvanecimiento del imperio incaico: «Baste decir que pueblan una provincia, donde hay treinta o cuarenta mil indios, cuarenta o cincuenta cristianos» (cp.119).

Coloquio de los doce. Diálogos de los Tlamatinime con los doce franciscanos en 1524.

Coloquio de los XII

coloquio de los XII. Capitulo VII

En los enlaces arriba se pueden consultar los dos capítulos completos.

Iraburu, José María (2003). Hechos de los apóstoles de América (en castellano) (3ª edición). Pamplona: Fundación Gratis Date. p. 558. ISBN 84-87903-36-3.

Crónica del Perú

Crónica del Perú es una obra de Pedro Cieza de León, redactada entre 1540 y 1550. La obra es el primer relato en vivo de la exploración y conquista de los territorios que actualmente son Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia. La obra es escrita por Cieza de León siguiendo un encargo del Presidente Pedro de la Gasca (que pacifica el Perú, luego de las revueltas y rebeliones desencadenadas por Gonzalo Pizarro y sus conquistadores). La obra sumamente extensa se divide en cuatro partes.[1]

La Crónica del Perú es una valiosa descripción y relato de tierras y pueblos, con detalles de sus costumbres y tradiciones. La obra es un valioso documento etnográfico de los indígenas americanos, su religión y economía, sus creencias y organización.

calendarios de Mesoamérica

Los mexicas empleaban, al menos, dos calendarios. Uno era el llamado xiuhpohualli, de 365 días, y el otro era el tonalpohualli, de 260 días. El uso de estos dos calendarios era común a todos los pueblos de la Mesoamérica precolombina, si bien cada uno de ellos lo denominaba de manera diferente, y no necesariamente estaban sincronizados. Por lo tanto, lo que se dice sobre los calendarios empleados por los mexicas no debe aplicarse para los calendarios de otros pueblos.

El abogado e historiador mexicano Alfonso Rivas Salmón sostiene que el calendario tiene su origen en alguna región mucho más al norte de México, en zonas propias de los pueblos del desierto, ya que en la región habitada por los olmecas la mayor parte del año está cubierto de nubes, por lo que no es posible observar el cielo a lo largo del año.

Este sistema tiene dos versiones: el llamado calendario maya, dedicado a la medición de ciclos astronómicos, y el llamado calendario náhuatl o mexica, de uso civil. Ambos se basan en la interrelación de un año sagrado de 260 días con el año vago (natural) de 365 días, lo cual forma ciclos de 52 años llamados Xiuhmolpilli (“se atan los años” llamado también ceremonia del”fuego nuevos”). Dos ciclos de 52 años forman un huehuetiliztli (ancianidad), es decir, 104 años. A su vez, los Xiuhmolpilli se organizan en paquetes de trece, esto sólo a nivel narrativo mítico, en los cuales se habla de periodos de 676 años llamados “soles”.[1]

El calendario de los mexicas comparte la estructura básica de los calendarios solares de Mesoamérica. Un calendario civil de 365 días (xihuitl) proporciona las referencias cronológicas para las actividades de la sociedad en su conjunto; al mismo tiempo, un calendario místico de 260 días (tonalpohualli), utilizado para establecer horóscopos y predicciones.

El Xiuhmolpilli o atado de cañas (52 años) simbolizaba el siglo mesoamericano. Dieciocho meses de 20 días componían el calendario solar con un total de 360, más cinco días aciagos (o nefastos). El calendario lunar se componía de 260 días. Algunos códices servían para llevar la cuenta de los días y el tiempo. Cada 52 años había una renovación de lo existente y se encendía el Fuego Nuevo.
La conjunción de la rueda del tiempo.

La combinación de ambos ciclos, el de 260 días y el de 365 días, formaba unidades de 52 años. A este periodo se le llamó “Rueda del Calendario” y era el sistema típico del centro de México en el momento de la conquista. Para establecer los nombres de cada año, los mexicas usaron los nombres de cuatro días: ácatl (caña), técpatl (pedernal), calli (casa), y tochtli (conejo). Cada símbolo de día estaba asociado a un número diferente del uno al 13 (4 nombres de día x 13 numerales = 52 nombres de año). Los mexicas llamaron a un “siglo” de 52 años xiuhmolpilli o “atadura de los años”.y también se le conoce como “cuenta corta”. Los ciclos de 52 años se iniciaban entre los aztecas mediante un rito importante, la fiesta del Fuego Nuevo, que coincidía además con la fecha en que la constelación de Pléyades pasaba el cenit a medianoche.
http://www.azteccalendar.info/Wiki/Xiuhm…

En la “cuenta corta” de 52 años cabían exactamente 73 tonalpohualli (52 x 365 = 73 x 260 = 18,980 días). Al cabo de este período, las combinaciones de los ciclos de 365 y 260 días se agotaban, y comenzaba otro ciclo mayor con exactamente las mismas fechas.

Dos ciclos de 52 años, es decir 104 años, se llamaban huehuetiliztli, “la vejez”, y se caracterizaban además por la coincidencia con el ciclo de Venus. El año de Venus contiene 584 días, y 5 años de Venus corresponden a 8 años solares; por lo tanto, cada 65 años de Venus coincidían con 104 años solares y con 146 tonalpohualli (65 x 584= 104 x 365 = 146 x 260 = 37, 960 días).
Los mexicas utilizaban una fórmula abreviada para los fechamientos para no tener que mencionar en forma completa todos los elementos que intervenían en una fecha: el día del tonalpohualli, el ordinal del día dentro de la veintena y el año; en cambio, decían únicamente el día del tonalpohualli y el año, por ejemplo: 8 ehécatl de 1 ácatl.
http://www.latinamericanstudies.org/azte…

Según algunos autores, sus ajustes astronómicos se consiguen mediante el reduplicado de un día cada cuatro años, llamado por tal razón Mohuehchihua (se hace grande, hecho doble), y por el comienzo retroactivo en cuatro días cada 52 años (ciclo de rotación de los cargadores o denominadores). El tema ha dado lugar a diversas interpretaciones de la nueva era. Es muy importante considerar para fines serios, textos publicados por universidades, a riesgo de caer en interpretaciones erróneas. Aunque se ha dicho que es posible que esta explicación tenga una influencia de la visión occidental, por ser la manera que los europeos tenían de corregir su año, este mecanismo está reflejado en láminas de códices como el Códice Boban, el Códice Magliabecchi, el Códice Telleriano- remensis o el Chilam Balám de Maní, además de ser mencionado y descrito no sólo por los cronistas europeos, sino por sus informantes nativos.

  • “En lo que dice que faltaron en el bisiesto es falso, pues en la cuenta de su calendario contaban 365 días y cada cuatro años contaban 366.” (Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España. Tomo I.)
  • “Cada cuatro años cae un día sin nombre.” (Chilam Balam, Códice de Maní)
  • “Tenían (los mayas) su año perfecto como el nuestro, de 18 (veintenas) más cinco días y seis horas. De estas hacían cada cuatro años un día y así, tenían de cuatro en cuatro años uno de 366 días.” (Diego de Landa, Relación de las cosas de Yucatán)
  • “Dábanle (los zapotecas al año) 18 meses de a 20 días y otro más de cinco. Este, al cabo de cuatro años, como nuestro bisiesto, lo variaban a seis días, por las seis horas que sobraban cada año… Y llamaban en su lengua a aquellos seis días ‘mes menguado, errático’.” (Francisco de Burgoa, Geográfica descripción II.24)

El calendario mexica está basado en los ciclos de la Tierra y Venus alrededor del Sol y de la Luna alrededor de la Tierra. Esto es posible gracias a que en 8 años terrestres Venus da 13 revoluciones alrededor del Sol y la Luna 100 revoluciones alrededor de la Tierra.[2] La Tierra y Venus se alinean con respecto al sol en 5 ocasiones durante 8 órbitas terrestres o 13 órbitas de Venus, lo cual lleva el nombre de ciclo sinódico Venus/Tierra. La Tierra, Venus, y la Luna están sincronizados en sus órbitas en una relación muy simple y armónica de 13:8:100 (Venus:Tierra:Luna). El siguiente cuadro muestra esta relación entre los tres períodos.

Astro Revoluciones Duración en días Total
Tierra 8 365,25 2922
Venus 13 224,77 2922
Luna 100 29,22 2922

He aquí el número de revoluciones de cada astro en los ciclos de 52 y 104 años mencionados anteriormente:[4]

Astro Revoluciones en 52 años Revoluciones en 104 años
Tierra 52 104
Venus 84,5 169
Luna 650 1300

Los primeros observadores debieron ver que en 52 años el Sol y la Luna volvían casi a tomar la misma posición en el cielo que en el primer día de las observaciones. Igualmente cada 104 años, los tres astros, el Sol, la Luna y Venus tomaban casi la misma posición que al inicio de las observaciones. Los antiguos mexicas, como aparece en el Códice Borgia, marcaban periodos de 2920 días (no de 2922) en sus registros, para llevar una serie de rituales de renovación asociados principalmente con el complejo Venus-lluvia-maíz, al igual que los mayas.

Es importante señalar que las revoluciones planetarias (su movimiento de traslación) no eran abiertamente conocidos, es decir, no hay registro claros de que conocían la duración del año venusino o marciano. El conocimiento derivaba de la observación a simple vista, el registro en los códices (principalmente en el caso de los mayas el Dresde y respecto a los nahuas el Borgia) es acerca de la posición aparente de los astros vistos desde la tierra, a este periodo como ya vimos se le llama periodo sinódico. En el caso de Venus es de 584 días, el de Marte 780 días y el de Júpiter 400 días.

Calendario civil

El año solar era la base del calendario civil mediante el cual los mexicas determinaban la profusión de ceremonias y rituales asociados con los ciclos agrícolas. El calendario estaba compuesto de 18 meses llamados metztli de 20 días cada uno. Cinco días componían una semana y de éstos, el quinto día, tianquiztli, era dedicado al mercado. El año se completaba a 365 días con la adición de 5 días llamados nemontemi (días vacíos), en estos días cesaba toda actividad normal, eran dedicados al ayuno y la abstinencia. Así tenemos 18 x 20 = 360 + 5 = 365. No se ha podido establecer con certeza la correlación con el calendario gregoriano, muchos autores coinciden en colocar el comienzo del año azteca en febrero, aunque las fechas que dan Sahagún, Díaz del Castillo y otros son bastante dispares. Por su parte, Rafael Tena ha establecido,[5] utilizando como referencia la fecha de la caída de Tenochtitlan (una de las que se tiene registrada en el calendario juliano y el calendario mexicano)[6] que la fecha de inicio del años fue 13 de febrero. Si se considera el ajuste de 10 días del calendario gregoriano para obtener fechas actuales, llegaríamos a la fecha de 23 de febrero. El cuadro siguiente reconstruye, a partir de diversas fuentes, algunas de las actividades rituales principales asociadas con cada mes. La obra de la que se extrae la mayor parte de la información es Historia general de las cosas de Nueva España, de Bernardino de Sahagún.[7]

Nombre del mes Deidades patronas y rituales
I Atlacahualo (el cese de las aguas) Tláloc, Chalchiuhtlicue correspondía al tiempo de seca. Por entonces se imploraba el favor de Tlaloc, el dios de la lluvia, y se ofrecían a las fuentes y ríos diversos objetos brillantes, flores, plumas y cintas de colores.
II Tlacaxipehualiztli (el desuello de hombres) Xipe Tótec En esta veintena era costumbre que los pobladores hicieran peregrinaciones a los santuarios, quitando ritualmente la vieja piel a una mazorca de maíz que representaba al ser humano, y repartiendo sus granos entre los asistentes como bendición especial.
III Tozoztontli (la pequeña vigilia) Coatlicue, Tláloc Se realizaba una velación nocturna en honor a la deidad terrestre Coatlicue, la de falda de serpientes, seguida de cuatro días de júbilo e intercambio de regalos entre las amistades y parientes. A partir de ahí, y hasta el comienzo de la siguiente veintena, todos se ejercitaban diariamente en la casa de los cantos, pero sin bailar.
IV Huey tozoztli (la gran vigilia) Centéotl, Chicomecóatl Un tiempo de purificación dedicado a Centeotl, el dios único. Se ayunaba y velaba, ofrendando maíz a los cuatro rumbos; los habitantes ponían en las puertas de sus casas ramas rociadas con la sangre de suspenitencias, en señal de piedad. Un rito importante era la bendición de la semilla para su próxima siembra, llevada a cabo por muchachas vírgenes en edad de matrimonio. Luego los sacerdotes confeccionaban una estatua de la diosa tierra con masa de maíz y la consumían con mucha solemnidad, a modo de comunión.
V Toxcatl (la sequía) Tezcatlipoca, Huitzilopochtli Los devotos se adornaban con guirnaldas de flores de maíz para celebrar la «atadura» del año, es decir, la caída de su día cargador
VI Etzalcualiztli (la comida de maíz y frijoles) Tlaloque Se hacía una fiesta del agua en honor de los espíritus de las cavernas, en la cual se confeccionaban bollos de masa de maíz en forma de tirabuzones que se comían ritualmente en congregación, reservando una porción para los enfermos. A fin de prepararse para la ocasión, los sacerdotes tenían una curiosa costumbre: iban a buscar manojos de juncos acuáticos y adornaban con ellos las fachadas de los templos.
VII Tecuilhuitontli (el pequeño festín de los señores) Huixtocihuatl, Xochipilli Era ocasión para arrojar a las corrientes de agua ofrendas de sal, conchas y otros productos marinos. También se confesaban los agravios ante el sacerdote y se pedía perdón a la Madre Tierra.
VIII Huey Tecuilhuitl (el gran festín de los señores) Xilonen Los ricos celebraban grandes banquetes a los cuales invitaban a los pobres y a los niños, y los agasajaban con panecillos de maíz tierno endulzado con miel.
IX Tlaxochimaco (el nacimiento de las flores) Huitzilopochtli Las familias hacían vigilia solemne, horneando golosinas en recuerdo de sus difuntos, que al día siguiente colocaban sobre las tumbas. Los hombres nobles con las mujeres bailaban juntamente, asidos de las manos y abrazados unos con los otros, paso a paso, al son de los que tañían y cantaban.
X Xocohuetzi (la caída de los frutos)
Hueymiccaihuitl (el gran festín de los muertos)
Xiuhtecuhtli Se realizaba una gran ceremonia en conmemoración de los muertos en la cual se talaba y velaba un gran árbol apodado «sostén del cielo», que luego era erguido en medio de la plaza.
XI Ochpaniztli (el barrido del camino) Tlazoltéotl Estaba dedicada a Tosi, nuestra abuela tierra, a quien honraban con ayuno de palabras, alimentos y sueño, en una velada solemne en la que todo el pueblo barría los patios de los templos. También se oficiaban las investiduras de guerreros y los ascensos militares.
XII Teotleco (el regreso de los dioses) Tezcatlipoca Un mes de contacto con el Espíritu. Hacia el final, celebraban la fiesta de las enramadas, en la cual todos vivían dentro de una choza de paja durante cinco días, en recuerdo de su peregrinación.
XIII Tepeilhuitl (el festín de las colinas) Tláloc En su penúltimo día, los devotos confeccionaban montañitas de masa de amaranto sobre las cuales se imprimían imágenes de serpientes. Las velaban durante toda la noche y luego las comían ritualmente. También depositaban ofrendas a Tepeyollotl en los subterráneos de las pirámides, las cuevas y los cráteres volcánicos.
XIV Quecholli (la preciosa pluma) Mixcóatl-Camaxtli Las flechas se ataban en mazos y una parte de ellas se quemaba en honor a Mixcoatl, Vía Láctea. Por espacio de cinco días se sangraban las orejas y untaban la sangre por las sienes. Y a los que no se sangraban, les tomaban las mantas en pena.
XV Panquetzaliztli (el izado de la bandera) Huitzilopochtli Se renovaban las banderas, escudos y otras insignias militares. Durante sus últimos días, los jóvenes se preparaban para la «guerra de las flores», un simulacro militar celebrado en el Tlachko, estadio. Quemaban incienso hacia los cuatro rumbos y en el centro del terreno erigían una bandera de guerra con cuatro flechas atadas en cruz, que pertenecía al equipo vencedor.
XVI Atemoztli (el descenso de las aguas) Tláloc Por entonces se veneraba a Tlaloc, quemando abundancia de copal y otras resinas olorosas, y arrojando a las corrientes flores manchadas con gotas de sangre y pedacitos de papel recortado en figuras de animales y espíritus silvestres.
XVII Tititl (el estiramiento) Ilamatecuhtli Era una veintena de retiro y meditación auspiciada por Ilamateku’tli, vieja diosa de la tierra. La gente se vestía de blanco o amarillo en honor a la Luna, y había bailes de mujeres y competencias de corredores a través de las gradas de las pirámides, en representación del paso de los astros.
XVIII Izcalli (la resurrección) Xiuhtecuhtli La gente consultaba los oráculos para averiguar qué destino le deparaba el año entrante.
Nemontemi (días vacíos) Cinco días aciagos; no hay rituales, ayuno general

Tonalpohualli

Además del calendario civil, los mexicas utilizaban un calendario místico (llamado calendario religioso por algunos autores), el tonalpohualli (cuenta de los días). Este calendario ritual se registraba en el tonalámatl (libro de los días), un códice en piel de venado o papel de corteza a partir del cual un sacerdote (tonalpouhqui) extraía horóscopos y predecía los días fastos y nefastos del ciclo. La estructura (similar a la desarrollada mucho antes por los mayas, y probablemente heredada de estos a través de los toltecas) comprendía un año de 260 días, a cada uno de los cuales se asignaba una fecha por la combinación de uno de los 20 signos de los días y un número de 1 a 13, representado por puntos, de modo tal que era imposible confundir dos días del ciclo anual. Por lo tanto, el almanaque estaba compuesto de 20 semanas de 13 días, con la primera semana comenzando en 1-Caimán y terminando en 13-Caña, la segunda entre 1-Jaguar y 13-Calavera, y así sucesivamente. Cada uno de estos días se dividía en 13 horas diurnas y 9 nocturnas. Como muestra el cuadro siguiente, se creía que un dios o una diosa presidía cada signo de los días, y cada uno estaba también asociado a un punto cardinal (en sentido de giro antihorario, comenzando por el Este, de donde sale el sol).

Denominación Significado Deidad asociada Dirección
Cipactli Lagarto, Espadarte Tonacatecuhtli, Señor de Nuestro Sustento Este
Ehecatl Viento Quetzalcóatl, Serpiente Emplumada Norte
Calli Casa Tepeyolohtli, Corazón de la Montaña Oeste
Cuetzpalin Lagartija Huehuecoyotl, Viejísimo Coyote Sur
Cóatl Serpiente Chalchiuhtlicue, Señora de la Falda de Verde Jade Este
Miquiztli Muerte Tecciztecatl, El del Caracol Marino Norte
Mazatl Venado Tlaloc, El que Hace Brotar las Cosas Oeste
Tochtli Conejo Mayahuel, La de la Planta de Maguey Sur
Atl Agua Xiuhtecuhtli, Señor del Año Este
Itzcuintli Perro Mictlantecuhtli, Señor de Mictlan Norte
Ozomatli Mono Xochipilli, Príncipe Flor Oeste
Malinalli Hierba Retorcida Patecatl, El de la Tierra de las Medicinas Sur
Ácatl Caña Tezcatlipoca, Espejo Humeante Este
Ocelotl Ocelote, jaguar Tlazolteotl- Devoradora de la Mugre Norte
Cuauhtli Águila Xipe- Totec, Nuestro Señor Desollado Oeste
Cozcaquauhtli Buitre, Aura, Zopilote Itzpapalótl, Mariposa de Obsidiana Sur
Ollin Movimiento, terremoto Xólotl, Doble Este
Técpatl Cuchillo de pedernal Chalchiuhtotolin, Tezcatlipoca encubierto Norte
Quiahuitl Lluvia Chantico, En la Casa Oeste
Xochitl Flor Xochiquetzal, Flor de la Rica Pluma Sur

Reconstrucción del Calendario

Por varios siglos se ha tratado de hacer una reconstrucción del calendario mexica, Mesoamericano o de Anahuak. La correlación mas completa y aceptada por investigadores serios, la propone el profesor Rafael Tena,[8] basado en las crónicas y anales del siglo XVI. Esta correlación demuestra que el primer día del año comienza el 13 de febrero del antiguo calendario Juliano o el 23 de febrero del actual calendario Gregoriano.

Esta correlación debe ser entendida como una propuesta teórica, la posibilidad de que el calendario sufriera desajuste respecto al año astronómico es también aceptable. Incluso Rafael Tena considera que para nuestros días el calendario ya comenzaría el 26 de febrero, debido a que no hay evidencia que los antiguos nahuas cada 100 años suprimieran un bisiesto. Por lo tanto la correlación de Prem o Caso tenemos que aceptarlas como alternativa.[9]

Nombres de los días en el xiuhpohualli

Cada metztli, en el cual una fiesta era celebrada, iniciaba con el siguiente signo del portador del año, es decir, los signos ocelotl, cuetzpalin, atl y quiyahuitl, días del tonalpohualli. Las dieciocho veintenas son enlistadas abajo. Los datos en la tabla son de los testigos tempranos Diego Durán y Bernardino de Sahagún. Cada uno escribió lo que había aprendido de informantes nahuas. Los datos de Sahagún preceden a las observaciones de Durán por varias décadas y se les cree más cercanos a la rendición mexica ante los españoles. Ambos son mostrados para enfatizar el hecho de que el inicio del año nuevo nativo dejó de ser uniforme como resultado de la ausencia de una fuerza unificadora, a la caída de Tenochtitlan.

Los meses de 20 días (veintenas) del calendario solar azteca fueron llamados:

  1. Atlcahualo o Xilomanaliztli
  2. Tlacaxipehualiztli
  3. Tozoztontli
  4. Huey tozoztli
  5. Tóxcatl o Tepopochtli
  6. Etzalcualiztli
  7. Tecuilhuitontli
  8. Hueytecuilhuitl
  9. Tlaxochimaco o Miccailhuitontli
  10. Xocotlhuetzi o Hueymiccailhuitl
  11. Ochpaniztli
  12. Teotlehco o Pachtontli
  13. Tepeilhuitl o Hueypachtli
  14. Quecholli
  15. Panquetzaliztli
  16. Atemoztli
  17. Tititl
  18. Izcalli

Los cinco días agregados al final del año y que eran considerados desafortunados eran llamados Nemontemi.[5]

Durán Sahagún Nombre de la festivdad Traducción al español
1. Marzo 01 – Marzo 20 1. Febrero 02 – Febrero 21 Atlcaualo, Cuahuitlehua Son dejadas las aguas, Se levanta el árbol
2. Marzo 21 – Abril 09 2. Febrero 22 – Marzo 13 Tlacaxipehualiztli Desollamiento de hombres; Xipe-Totec
3. Abril 10 – Abril 29 3. Marzo 14 – Abril 02 Tozoztontli Pequeña vigilia
4. Abril 30 – Mayo 19 4. Abril 03 – Abril 22 Huey Tozoztli Gran vigilia
5. Mayo 20 – Junio 08 5. Abril 23 – Mayo 12 Tóxcatl Sequedad
6. Junio 09 – Junio 28 6. Mayo 13 – Junio 01 Etzalcualiztli. Comida maíz y frijol hervido
7. Junio 29 – Julio 18 7. Junio 02 – Junio 21 Tecuilhuitontli Pequeña fiesta de los señores
8. Julio 19 – Agosto 07 8. Junio 22 – Julio 11 Huey Tecuilhuitl Gran fiesta de los señores
9. Agosto 08 – Agosto 27 9. Julio 12 – Julio 31 Miccailhuitontli, Tlaxochimaco Pequeña fiesta de los Muertos, Son dadas las flores
10. Agosto 28 – Septiembre 16 10. Agosto 01 – Agosto 20 Huey Miccailhuitontli, Xocotl Huetzi Gran Fiesta de los Muertos, Caen los frutos
11. Septiembre 17 – Octubre 06 11. Agosto 21 – Septiembre 09 Ochpaniztli Barrimiento
12. Octubre 07 – Octubre 26 12. Septiembre 10 – Septiembre 29 Teotlehco Llegan los dioses
13. Octubre 27 – Noviembre 15 13. Septiembre 30 – Octubre 19 Tepeilhuitl Fiesta de las montañas
14. Noviembre 16 – Diciembre 05 14. Octubre 20 – Noviembre 8 Quecholli Flamingo, Cuello de hule
15. Diciembre 06 – Diciembre 25 15. Noviembre 09 – Noviembre 28 Panquetzaliztli Levantamiento de banderas
16. Diciembre 26 – Enero 14 16. Noviembre 29 – Diciembre 18 Atemoztli Descenso del agua
17. Enero 15 – Febrero 03 17. Diciembre 19 – Enero 07 Tititl Encogimiento
18. Febrero 04 – Febrero 23 18. Enero 08 – Enero 27 Izcalli Resurgimiento
18u. Febrero 24 – Febrero 28 18u.Enero 28 – Febrero 01 Nemontemi
(período de 5 días)
Los que llenan en vano

LOS VEINTE DÍAS DEL TONALPOHUALLI

CIPACTLI: Cocodrilo. Origen y vejez. Nos refiere al pasado prehistórico entre las lagunas y las riveras de los estanques, pantanos y Ciénegas. Conceptualmente su representación involucra el principio y la evolución de todos los seres.

EHECATL: Viento. Movimiento creatividad y armonía. Sin el sería imposible la germinación y la recreación de las cosas.

CALLI: Casa. Hogar, habitación disposición y armonía que debe guardarse en ella. La casa más íntima nuestro cuerpo, nuestra última casa la Madre Tierra.

CUETZPALLIN: Lagartija. Creación y fecundidad. Principio creador de las cosas, está asociado con la fecundidad de la tierra y la sexualidad de los seres humanos.

COATL: Serpiente. Energía, fertilidad y sabiduría de la naturaleza.

MIQUIZTLI: Muerte. Recogimiento, revaloración y reposo. Se requiere revalorar lo que significa la vida y la muerte y cómo pueden complementarse las cosas hechas y las que aún hay por hacer.

MAZATL: Venado. Gozo inquietud, cambio rápido. Percepción e intuición de lo que sucede en el entorno. Inclinación a los espacios abiertos. Gozo por la naturaleza y la vida particularmente el agua.

TOCHTLI: Conejo. Fecundidad, placer y armonía. Asociado a la fecundidad de la tierra. Numen de la luna.

ATL: Agua. Movimiento, fuerza y perseverancia. Dualidad del fuego. fuerza que sólo en ocasiones puede ser controlada y conducida.

ITZCUINTLI: Perro. Lealtad aventura e instinto, Compañero y guía hacia el camino, del lugar de los muertos. Gusto por conocer otros lugares y encontrar nuevos amigos, par regresar al hogar.

OZOMATLI: Mono. Arte y sensualidad, salud y recreación. Relacionado con los elementos creadores de las plantas, los alimentos, la salud y la recreación.

MALLINALI: Hierba. Regeneración, cambio y recreación, Regeneración constante de la naturaleza, valoración de la importancia que tienen las raíces y las plantas medicinales en la salud.

ACATL: Carrizo. Calor y energía, encuentro y firmeza. Representa la energía celeste que nos llega.

OCELOTL: Ocelote, Jaguar. Oscuridad y profundidad, valor y guía. Representa la noche y el cosmos estrellado, como la profundidad de la tierra y sus cavernas. Guía entre los hombre y responsable de perseguir causas justas.

CUAUHTLI: Águila. Renovación y depuración, visión y expectación. Símbolo solar, y de guerra, que si no es aprovechado con inteligencia soló produce destrucción.

COZCACUAUHTLI: Águila de collar. Noche y viento, reflexión y consideración. Búsqueda de las enseñanzas y remiendo de fallas, para utilizar lo que otros han desechado y aprovechar la experiencia obtenida por el tiempo.

OLLIN: Movimiento. Actividad, creatividad y cambio. Signo de esta era. Representa el terremoto.

TECPATL: Pedernal. Luz y comprensión. Signo de los años, método de estudio y análisis profundo para comprender verdaderamente las cosas y los conceptos imperecederos, agudos y filosos, como la hoja de obsidiana.

QUIAHUITL: Lluvia. Tiempos cambiantes, creadores o destructivos, que en ocasiones pasa de un estado apacible a una furia incontrolable. Alimenta campos y permite, junto con los vientos la vida.

XOCHITL: Flor. Es el último día. Belleza, creatividad, conocimiento y amor de todo lo hecho, que en conjunto da un entorno integral de armonía entre los hombres.

El calendario mexica y la cronografía, de Rafael Tena, se propone reconstruir el calendario de ese grupo cultural y político, y correlacionarlo con el calendario juliano, vigente en Europa en esa época, con una correspondencia de día a día. Tratamiento especial merece en esta obra la cuestión de una eventual intercalación periódica en el calendario mexica análoga al bisiesto del calendario juliano. Para resolver estos problemas de historiografía de la ciencia, el autor examina exhaustiva y críticamente los datos de las fuentes primarias. Los expertos en la escritura, que era una elite estatal teocrática y militarista, sí tenían conciencia de la temporalidad absoluta, pero optaron por no anotarla sistemáticamente en sus
registros. Podría pensarse que buscaban reproducir en el pueblo la sensación de una temporalidad repetitiva, cíclica, donde el dos imita al uno y el uno al dos. Tena muestra, por cierto, que
una de las razones de las discrepancias de los autores antiguos respecto de la existencia o no de un
bisiesto entre los mexicas es el deficiente conocimiento popular del complejo sistema calendárico, pues éste fue mantenido como un conocimiento esotérico, monopolizado por el estado teocrático y militarista, al igual, por lo demás, que los también complejos sistemas de escritura. Tena advierte que los años mexicas coincidían aproximadamente con los julianos, puesto que empezaban siempre el 13 de febrero, primer día de la veintena o “mes” atlcahualo (“se detienen las aguas”) del calendario
solar o xiuhtlapohualli. Y cada año recibía su nombre por la fecha del último día de la cuarta veintena, hueitozoztli (“gran vigilia”), y de la penúltima, títitl (“encogimiento”). Por ello 1519 fue un año 1 caña, 1520 fue un 2 pedernal, 1521 un 3 casa, etc. Tena pudo ubicar el año y el momento en que los mexicas agregaron el sexto nemontemi: los cinco nemontemi “normales” se encuentran al final del año solar, o sea después del fin de la veintena izcalli (“crecimiento” o
“resurrección”), entre el 8 y el 12 de febrero, en los años no bisiestos; y una corrección bisiesta se ubicó el 12 de febrero de 1520, año 2 técpatl, “pedernal” (después de unos nemontemi que van de 7 al 11 de febrero, debido al previo agregado de un 29 de febrero ese año bisiesto). A partir del 12 de febrero de 1520 se pueden fechar todos los años bisiestos hacia atrás y hacia delante, teniendo en cuenta además que como los años mexicas se escriben con la combinación de trece numerales y cuatro signos, todos los bisiestos mexicas, que suceden cada cuatro años, se ubican en ese mismo signo técpatl, pedernal. Pero la correspondencia de fechas mexicas y julianas que dan
las fuentes españolas y mexicas de la conquista de Tenochtitlan, no es la única prueba de la existencia del bisiesto entre los mexicas que da Tena.

Referencias

  1. Volver arriba El Calendario Mexica y la Cronografía, Rafael Tena. INAH-CONACULTA, 2008 p 82-83

Códice Ríos

El Códice Ríos es una traducción ampliada al italiano de un manuscrito de la era colonial española, Códice Telleriano-Remensis, atribuido parcialmente a Pedro de los Ríos, un monje dominico que trabajó en Oaxaca y Puebla entre 1547 y 1562. El Códice Ríos probablemente fue escrito y dibujado en Italia después de 1566.

El manuscrito se centra en la cultura ToltecaChichimeca en el Valle Tehuacan (actual Puebla y Oaxaca). Se puede dividir en siete secciones:

  • Tradiciones cosmogológicas y mitológicas con énfasis sobre las cuatro épocas.
  • Un almanaque, o tonalámatl, para el Tonalpohualli, el año sagrado de 260 días común en los calendarios mesoamericanos.
  • Tabla de Calendarios para los años 1558 a 1619, sin dibujos.
  • Un calendario de festival de 18 meses, con los dibujos de los dioses de cada período.
  • Rituales tradicionales, con los retratos de Indios.
  • Crónicas ilustradas de los años 1195 al 1549 empezando por la migración de Chicomoztoc y cubriendo los últimos acontecimientos en el Valle de México.
  • Los glifos de los años 1556 a 1562, sin dibujos ni texto.

En este códice aparece una presentación que ha permitido ubicar el hábitat de varios dioses y la simbología de los colores en relación con los espacios cósmicos, hay en ellos regiones presididas por el blanco, el negro o verdinegro, el rojo, el amarillo y el azul donde cada astro recorre un camino celeste específico.

El Códice Ríos consiste en 101 páginas de papel europeo, doblado en acordeón. Se encuentra en la Biblioteca Vaticana, (Roma) y se conoce también como el Códice Vaticano A, el Codex Vaticanus A, y el Codex Vaticanus 3738.

Anales de Cuauhtinchan

La Historia Tolteca Chichimeca -también llamada Anales de Cuauhtinchan o Libro de Conquista- es un códice colonial elaborado en papel europeo entre 1550 y 1560, probablemente a pedido de una familia de nobles indígenas del antiguo señorío de Cuauhtinchan, para reclamar sus derechos a la Corona.
Consta de 52 folios de aproximadamente 20 x 29 cm, encuadernado a la manera europea, con material pictográfico y textos en náhuatl y español. El manuscrito se conservó en Cuauhtinchan hasta mediados del siglo XVIII cuando pasó a manos de Lorenzo Boturini Bernarducci. Hacia 1742 le fue confiscada su colección, permaneciendo en la Secretaría del Virreinato. Joseph Marius Alexis Aubin, llevó el material clandestinamente a Francia, a través de la aduana de Veracruz; en 1889 vendió su colección a Eugéne Goupil, quien decide donarla a la Biblioteca Nacional de Francia, donde se encuentra actualmente formando parte del Fondo de Manuscritos Mexicanos.

«ToltecaChichimeca Chicomostoc». Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons.
«ToltecaChichimeca Chicomostoc». Disponible bajo la licencia Dominio público vía Wikimedia Commons.

Chicomóztoc (en náhuatl: chicomoztoc, ‘Lugar de siete cuevas’chicome, siete; oztotl, cueva; sufijo c, lugar de’)? es el nombre del mítico lugar de origen de los pueblos aztecas o mexicas, Tepanecas, Xochimilcas, Chalcas, Acolhuas, Tlahuicas y Tlaxcaltecas (Las siete tribus nahuatlacas) de la región central de México de Mesoamérica, en el posclásico.

Hay una asociación de Chicomóztoc con ciertas tradiciones relativas legendario Culhuacán (Colhuacan), un verdadero asentamiento prehispánico en el Valle de México, que se consideró que había sido una de las primeras y más preeminente de los asentamientos en el valle. Culhuacán ( “lugar de las personas con antepasados” es su significado literal en náhuatl clásico) fue visto como un lugar prestigioso y venerado por los aztecas / mexicas (que también denominan a sí mismos’ Culhua-mexica ‘). En azteca codical escrito, el símbolo o glifo que representa el topónimo de Culhuacán tomó la forma de una “torcida” o “curva” colina

El poblamiento de América

El poblamiento de América es el proceso por el cual se diseminó la especie humana en el continente americano. Los científicos no tienen dudas de que los seres humanos no son originarios de América y está claro que fue poblada por humanos provenientes de otra parte. La evidencia paleoantropológica apoya la hipótesis de que los primeros pobladores llegaron a América procedentes de Siberia, en el extremo noreste de Asia.

Desde antes de 1492 las culturas aborígenes de las Américas construyeron tanto mitos de origen, como relatos de migraciones[2] y acontecimientos históricos, diferentes entre una y otra cultura. Las culturas mesoamericanas consideraban que la presencia humana en el continente americano era muy anterior al que suponían los europeos. La civilización Maya tenía registros históricos escritos al menos desde agosto de 3114 a. C.[3] Otras culturas, como la zapoteca, tenía registros escritos de hechos históricos que se remontaban al año 500 a. C.. Por mucho tiempo, sin embargo se dejó de tener acceso a esos conocimientos de las civilizaciones mesoamericanas y se ignoró la existencia de estos registros hasta el siglo XX.

Los europeos intentaron buscar explicaciones para el origen de los seres humanos con los que se estaban encontrando. Alejo Venegas opinó que provenían de navegantes cartaginenses. Agustín de Zárate consideró que los indígenas podían haber llegado pasando por la Atlántida, antes de que se hundiera según los relatos de Platón.[4] Sin embargo, la mayoría de las primeras explicaciones fueron religiosas, por ejemplo varios autores europeos pensaron que los pobladores de América provenían de las tribus perdidas de Israel.[3]

El sacerdote Miguel Cabello Valboa, malagueño, consideró que los aborígenes americanos descendían del patriarca Ofir (Génesis 10:29) e identificó América con el reino de ese nombre, rico en oro, mencionado en la Biblia (1Reyes 9:28).[5] La idea de situar Ofir en las Antillas fue sugerida por Cristobal Colón,[6] apareció como nota la margen en la edición de 1540 de Robert Estienne de la Biblia y fue expuesta, entre otros, por Pedro Mártir de Anglería en 1526.[7] La identificación de Ofir con el Perú fue sustentada por el teólogo español Benito Arias Montano en 1572[8] y por el erudito Johannes Goropius Becanus en 1580.[9]

El naturalista José de Acosta, sacerdote jesuita, fue el primero en abordar científicamente el poblamiento de América a partir de los descubrimientos geográficos que indicaban la distancia entre Asia y América por el norte es pequeña y los dos continentes están separados apenas por un brazo de mar. Acosta descartó explícitamente la hipótesis sobre el paso por el continente perdido de la Atlántida y añadió además que las tierras desconocidas donde según el Apocalipsis de Esdras fueron llevadas las tribus cautivas de Israel, “no tienen mayor relación con América que la encantada y fabulosa Atlántida”.[10] Acosta demostró que no solamente seres humanos transitaron entre los dos continentes, sino también varias especies animales.

Continuando con una visión científica Fray Gregorio García, hizo una detallada exposición de las diferentes hipótesis conocidas sobre el poblamiento de América, por tierra o por mar. Para él, los indígenas provenían de Asia, de China o Tartaria, dadas las semejanzas físicas entre los habitantes de unos y otro continente.[11]

En contraste, en 1650, James Ussher estableció, basado en la Biblia, que las tribus perdidas abandonaron Israel en el año 721 a. C. y, sobre esa base, la cultura europea sostuvo que América había sido poblada alrededor del año 500 a. C. También tratando de apoyarse en la Biblia, el sacerdote sevillano Diego Andrés Rocha, que vivió desde niño en el Perú, expuso la teoría según la cual el continente americano fue poblado por descendientes de Túbal (hijo de Jafet, Génesis 10:2-5), una parte de los cuales habría poblado España, otra parte la Atlántida y la otra a través de esa hipotética isla, antes de que se hundiera, habría llegado a América. Rocha complementó su teoría con la comparación entre los conquistadores españoles y Moisés.[12]

En 1876, Charles Abbott, un médico norteamericano, encontró unas herramientas de piedra en su granja de Delaware. Debido a las características toscas de los instrumentos, pensó que podrían pertenecer a los antepasados remotos de las culturas indígenas modernas. Debido a ello, consultó con un geólogo de Harvard, quien estimó en 10.000 años de antigüedad la grava que se encontraba alrededor del hallazgo. Abbott sostuvo entonces que se trataba de un asentamiento humano del Pleistoceno, es decir, muchos miles de años más antiguo de lo que establecían las teorías bíblicas dominantes.

La teoría de Abbott fue rechazada por las jerarquías cristianas por oponerse a la Biblia y por la comunidad científica organizada por el Instituto Smithsoniano por no cumplir con los estándares científicos que exigía. Entre los científicos que rechazaron la hipótesis de Abbott se encontraban Aleš Hrdlička y William Henry Holmes. En la actualidad se ha comprobado que Abbott tenía razón en muchas de sus hipótesis y la granja ha sido declarada Monumento Histórico Nacional.

En 1908, George McJunkin encontró unos enormes huesos en un barranco de la aldea Folsom, Nuevo México. McJunkin, un esclavo liberado por la Guerra Civil estadounidense, era geólogo, astrónomo, naturalista e historiador aficionado y durante años intentó llamar la atención de los vecinos de Folsom sobre la probable antigüedad de los huesos.[13] En 1926, cuatro años después de la muerte de McJunkin, el director del Museo de Historia Natural de Colorado, Jesse D. Figgins, se enteró del lugar y descubrió varias puntas de flecha de un estilo muy refinado que luego volverían a encontrarse en Clovis y otros yacimientos. Una de ellas estaba incrustada en la tierra que rodeaba al hueso de un ejemplar de bisonte extinto miles de años atrás.[13]

Figgins llevó las puntas de lanza a Washington DC para enseñárselas a Aleš Hrdlička, en el Instituto Smithsoniano, quien si bien lo trató cortésmente y le sugirió una serie de reglas metódicas para el caso de nuevos descubrimientos, se mantuvo sumamente escéptico y consideró hasta el fin de su vida que Folsom no constituía una prueba concluyente de que América hubiera estado poblada durante el Pleistoceno.[14]

En agosto de 1927, el equipo de Figgins encontró una punta de lanza ubicada entre dos costillas de bisonte. Figgins envió un telegrama y tres científicos viajaron para ser testigos del hecho, e informar de la seriedad del hallazgo. En ese momento, la comunidad científica norteamericana comenzó a aceptar la importancia del yacimiento de Folsom.[15] Han sido datados en 10.285 años a.P.[16] [17]

En 1929, Ridgely Whiteman, un joven indígena de 19 años que venía siguiendo las investigaciones que se estaban realizando en la cercana localidad de Folsom, escribió una carta al Instituto Smithsoniano sobre una serie de huesos que había encontrado en la aldea de Clovis, Nuevo México. En 1932, una excavación realizada por un equipo dirigido por Edgar Billings Howard, de la Universidad de Pensilvania, confirmó que se trataba de un asentamiento indígena durante el Pleistoceno y verificó el tipo especial de punta de flecha que sería conocida como «punta Clovis». Al ser descubierta la datación por carbono 14, en 1949, el método fue aplicado en los yacimientos de Clovis, resultando en antigüedades que oscilaban entre el año 12.900 adP y 13.500 adP.[18] La datación por radiocarbono fue establecida en 11.500 a 10.900 años antes del presente y revisada luego a 11.050 a 10.800 adP,[19]

Desde la década de 1930 y, sobre todo, desde la confirmación de las fechas por el método del carbono 14, la comunidad científica norteamericana organizada alrededor del Instituto Smithsoniano aceptó que la Cultura Clovis era la más antigua de América y que estaba directamente relacionada con la llegada de los primeros hombres. Esto se conoció como Consenso Clovis y tuvo gran aceptación mundial hasta fines del siglo XX. El Consenso Clovis fue la base de la teoría del poblamiento tardío de América.

Hueyatlaco es un sitio arqueológico en Valsequillo (Puebla, México) donde fueron descubiertas herramientas hechas por el hombre en un estrato geográfico que algunos arqueologos han fechado hacia 250 mil años A.C.[1] [2] [3] [4]

Estos hallazgos se hallan en un orden de magnitud mucho más antiguo que la hipótesis Clovis, que ubica la migración humana entre 13 a 16 mil años A. D. Las dataciones fueron confirmadas por un amplio sector de la comunidad científica, y ya hay poca discusión en el ámbito de la literatura científica.[5]

En 1967, José Luis Lorenzo del Instituto Nacional de Antropología e Historia arguyó que los implementos habían sido plantados en el lugar por trabajadores locales de tal forma que era imposible determinar cuáles artefactos fueron descubiertos in situ y cuales fueron plantados.[8] Irwin-Williams replicó que las aseveraciones maliciosas de Lorenzo no tenían fundamento. Por lo tanto, en 1969 Irwin-Williams,[6] citó declaraciones en apoyo de tres prominentes arqueologos y antropólogos (Richard MacNeish, Hannah Marie Wormington and Frederick A. Peterson) quienes cada quien visitaron el sitio y dieron crédito a la integridad de las excavaciones y el profesionalismo de la metodología del grupo.[8]

La fecha más antigua propuesta hasta el momento ha sido publicada por los científicos brasileños Maria da Conceição de M. C. Beltrão, Jacques Abulafia Danon y Francisco Antônio de Moraes Accioli Doria, que sostienen haber hallado algunas herramientas de cuarcita en el yacimiento de Toca da Esperança, un “chopper“, un guijarro con marcas de golpes y una lasca, que fueron datadas en 295.000 a 204.000 años de antigüedad, lo que indicaría presencia de humana anterior al homo sapiens.[39]

En 1994, James Neel y Douglas C. Wallace establecieron un método para calcular la velocidad con que cambia el ADN mitocondrial. Ese método permitió fechar el origen del Homo sapiens, la famosa Eva mitocondrial, entre 100.000 y 200.000 años adP[30] y la salida de África entre 75.000 y 85.000 años atrás. Aplicando este método, Neel y Wallace estimaron en 1994 que el primer grupo humano en ingresar a América lo hizo entre 22.414 y 29.545 años.[31]

Más allá de los debates en marcha y la gran cantidad de preguntas y contradicciones que se presentan en el debate científico actual es posible realizar algunas conclusiones precarias:

  1. Es altamente probable que el hombre americano primitivo proceda del continente asiático, especialmente de las estepas siberianas o de la región del Sudeste asiático. Las semejanzas entre grupos poblacionales asiáticos de esas regiones y la mayoría de los aborígenes americanos ha sido objeto de análisis. De todos modos el hecho de que las dataciones de máxima antigüedad que cuentan con consenso de la comunidad científica, Clovis (EEUU, 12.900-13.500 adP) y Monte Verde (Chile, 14.500 adP), se encuentren simultáneamente en América del Norte y en el extremo sur de América del Sur impide sacar una conclusión definitiva sobre este punto. Sin embargo, estas fechas son aún muy recientes frente a otras fechas datadas en diversos lugares de América, que aún no cuentan con el consenso de la comunidad científica. Habrá que esperar que estos estudios se consoliden. Por ejemplo, entre las numerosas cavernas del nordeste de Brasil se encuentra una conocida como Toca do Boqueirāo da Pedra Furada, la cual cuenta con numerosas evidencias de asentamiento primitivo como instrumentos líticos. Sin embargo, se encontraron otros artefactos en cuarzo que son datados de hace 40.000 años. Semejante observación no es aceptada fácilmente por otros estudiosos que dicen que los cuarzos difícilmente tienen formas definidas que puedan ser consideradas manufactura y que no tiene sentido que los supuestos habitantes de la caverna hubiesen preferido el cuarzo a la piedra abundante del lugar. Las objeciones no restan los misterios que abre Pedra Furada y las excavaciones continúan. Pero aún más al sur, en Chile, las excavaciones de Tom Dillehay y otros muchos arqueólogos en Monte Verde revelan restos de comida e instrumentos que se datan de hace 12.000 e incluso 30.000 años. También Monte Verde es contestado por muchos como una de las más antiguas evidencias humanas en América, pero son más contundentes que las que existen en el hemisferio boreal del continente.[47]
  2. Las culturas prehistóricas y las civilizaciones de América se desarrollaron de manera aislada al resto del planeta.
  3. La Revolución Neolítica americana es original y carece de toda relación con la que se produjo en la Mesopotamia asiática.
  4. El Puente de Beringia desapareció hace 11.000 años (Scott A. Elias[21] ) y, con la excepción de los esquimales, que mantuvieron ininterrumpidamente contactos comerciales marítimos de verano entre Siberia y Alaska,[48] y con Groenlandia, no hay pruebas contundentes que permitan concluir definitivamente que los pueblos amerindios mantuvieron contactos con pueblos de otros continentes. Sin embargo, está plenamente probado que en 982 los vikingos comenzaron la exploración de Groenlandia y Canadá y, establecieron una aldea en L’Anse aux Meadows (Terranova); pero su penetración en el continente no fue significativa. Los científicos debaten varias evidencias del contacto de los polinesios con los indígenas americanos.[49] Otras hipótesis, como la llegada de los fenicios, egipcios, griegos, hebreos, chinos y japoneses gracias a sus habilidades marítimas, siguen siendo hipótesis de difícil demostración. Menos pruebas hay aún de una eventual presencia de amerindios en los demás continentes.

Uno de los elementos que ha llamado la atención de algunos investigadores es la profusión de yacimientos de gran antigüedad en Sudamérica y la escasa cantidad de los mismos en Norteamérica. El dato es llamativo, entre otras cosas, porque Estados Unidos y Canadá han dedicado grandes recursos a investigar los yacimientos arqueológicos, a diferencia de lo que sucede en el sur. No es probable que los yacimientos más antiguos del norte hayan quedado sin descubrir. El dato es llamativo porque, si América fue poblada desde Siberia, los yacimientos más antiguos deberían hallarse en el norte.[45]

Adicionalmente, algunos estudios han detectado entre los paleoindios suramericanos y norteamericanos diferencias de consideración en genes y fenotipos: aquellos con rasgos más australoides, estos con rasgos más mongoloides. Estos elementos han causado una creciente adhesión de algunos investigadores a la hipótesis de un poblamiento autónomo de América del Sur, no proveniente de Norteamérica. Esta hipótesis se relaciona estrechamente con la teoría del ingreso por la Antártida desde Australia.[45]

La historia genética de los indígenas de América se fundamenta en varios campos, tales como la genética del cromosoma Y, la genética mitocondrial, la genética autosomal y la proteica, los cuales van convergiendo aproximadamente en la misma historia. Los patrones genéticos indican que los indígenas de América experimentaron varios episodios genéticos bien marcados: el primero y más importante se dio con el poblamiento inicial de América proveniente de Siberia, el de los paleoamericanos, el cual sería el factor preponderante en el número de linajes y de marcadores genéticos encontrados en la actual población amerindia. Un poblamiento posterior correspondería al de los pueblos na-dené de Norteamérica y otro al de los esquimo-aleutas en el extremo norte; todos ellos también provenientes de Siberia. Adicionalmente, es posible ―aunque todavía no ha sido comprobado―, el aporte genético europeo en la América precolombina.

By Maulucioni (Own work) [CC BY-SA 3.0], via Wikimedia Commons

Mapa de las migraciones humanas fuera de África, versión de Naruya Saitou y Masatoshi Nei (2002) del Instituto Nacional de la Genética del Japón[1] que coincide con la versión de Göran Burenhult.

La teoría de las tres migraciones siberianas que poblaron América apareció en 1985, con las primeras investigaciones genéticas[5] y se popularizó a partir de 1986, a partir de los trabajos del lingüista Joseph Greenberg, la paleoantropóloga Christy Turner y el genetista Stephen Zegura, publicando conjuntamente El Poblamiento de América: Una comparación de la evidencia lingüística, dental y genética.[6]

Greenberg propuso tres familias principales de lenguas en América: esquimo-aleutianas, na-dené y lenguas amerindias, las cuales equivaldrían a tres procesos distintos del poblamiento de América,[7] aunque sus métodos y conclusiones no son aceptados por la mayoría de lingüistas americanistas.

Si bien los dos primeros grupos (esquimo-aleutiano, na-dené) son universalmente aceptados y corresponderían a las dos oleadas más recientes, el tercer grupo el amerindio es enormemente diverso y podría corresponder a un proceso migratorio más largo en el que podrían haber participado grupos lingüísticamente diversos, a diferencia del caso de las dos últimas migraciones.

Como antecedentes de la investigación de estos tres grupos se puede citar que las lenguas na-dené fueron establecidas por Edward Sapir en 1915; la relación entre esquimales y aleutas la determinó Rasmus Rusk en 1819, lo cual fue aceptado por lingüistas y antropólogos del siglo XIX y XX; y finalmente los indicios que aparentemente definen las lenguas amerindias fueron enunciados por Alfredo Trombetti en 1905, y este fue respaldado por Sapir en 1918.

La comparación entre los resultados lingüísticos y genéticos es relativa, toda vez que la genética permite obtener conclusiones en base al reloj molecular con miles e incluso millones de años de antigüedad dada la gran variedad de las cadenas nucleicas y proteicas, en cambio la lingüística permite el análisis solo hasta los 5000 o 6000 años de antigüedad, pues en periodos más largos el porcentaje de palabras que muestran el parentesco entre dos lenguas es demasiado bajo para resultar estadísticamente fiable.[8] Si bien es posible que durante el paleolítico se hubiera llevado a cabo más de una migración, en base a la evidencia actual no es posible validar, si bien tampoco descartar la hipótesis amerindia de la única lengua ancestral paleoamericana.[9]

Los primeros linajes descubiertos los dio la genética mitocondrial, encontrándose en 1990 cuatro grupos de haplotipos (haplogrupos) en los amerindios[12] y una variante de uno de ellos en los pueblos na-dené.[13] Estos cuatro haplogrupos fueron nombrados en 1992 usando las primeras letras del alfabeto: A, B, C y D, comprobando además el origen asiático de la colonización de América.[14] Al encontrar que en los nativos na-dené dogrib del Canadá se halló casi exclusivamente el grupo A, pronto se dedujo que ello respalda el origen independiente de los pueblos na-dené, pues los amerindios tendrían un origen más antiguo migrando desde Siberia a través del puente de Beringia y con una temprana tribalización.[15]

Pocos años después (1998) se descubrió un quinto linaje, el haplogrupo X, el cual tiene una distribución filogeográfica diferente, ya que mientras los primeros cuatro haplogrupos A, B, C y D se desarrollan en Asia Oriental y se extienden por toda América, X es típico de Eurasia Occidental, encontrándose en Europa en bajas frecuencias y circunscribiéndose en el Nuevo Mundo sólo a Norteamérica.[16]

En 2014, el análisis del ADN mitocondrial del esqueleto completo de Naia, datado en 12 900 años AP, encontrado en México, un sistema de cuevas sumarinas de Tulum ha probado un vínculo genético entre los paleoamericanos y los modernos nativos americanos ya que encontró que Naia tenía el haplogrupo D1, exclusivo de los actuales amerindios, especialmente de América del Sur.[17]

En los nativos americanos existe un solo linaje patrilineal claramente mayoritario, determinado en 1995, se lo denominó DYS199 (actualmente Q-M3 o Q1a2a1a1) y se presenta en todos los pueblos indígenas americanos, incluidos los esquimales, pero especialmente en Centroamérica y Sudamérica con frecuencias de más del 90%.[19]

Posteriormente se determinaron otros linajes, especialmente los haplogrupos C y R en Norteamérica, por lo que se dedujo que pudo haber dos migraciones primarias procedentes de Siberia,[20] dando lugar a la siguiente distribución:

Región Linajes maternos[16] Linajes paternos[21]
Norteamérica A, B, C, D, X C, Q, R
Mesoamérica y Sudamérica A, B, C, D Q

Si bien Q-M3 (Q1a2a1a1) está muy extendido en toda América, su presencia está relacionada específicamente con la primera migración, la de los paleoamericanos. Migraciones posteriores trajeron otros linajes, así pues, en los pueblos na-dené predomina el haplogrupo C-P39 (C3b1) y en los esquimales Q-NWT01 (Q1a1a).[22]

Genética autos

Los últimos estudios genéticos realizados sobre el Polimorfismo de nucleótido concluyen que el poblamiento de América se realizó en tres oleadas migratorias desde Asia, en donde los primeros americanos habrían llegado hace unos 15 000 años y posteriormente llegaron los pueblos na-dené y los esquimoaleutianos.[23]

Se considera que los primeros emigrantes siberianos que poblaron América tenían a su vez un origen dual, es decir que eran mestizos descendientes de hombres caucásicos y mujeres mongólicas. Pueblos con estas características habitan la Siberia Central en la actualidad.[42]

El análisis genómico de un niño del sur de Siberia de hace 24 000 años confirma esta dualidad, el mestizaje de poblaciones del este de Asia y Eurasia Occidental formó parte del acervo ancestral de los indígenas americanos.[43]

Posibles rutas colonizadoras paleoamericanas: 1) Hipótesis Clovis del corredor libre de hielo. 2) Hipótesis de la migración costera del Pacífico. 3) Hipótesis solutrense del origen europeo de los pueblos del este de Norteamérica.

La idea de dos rutas de colonización de América desde Siberia proviene del hecho de que los paleoamericanos pueden dividirse razonablemente en dos subgrupos genéticamente diferenciados, ya sea por el cromosoma-Y o por el ADN mitocondrial o por ambas, generando dos rutas, una más antigua que la otra y caracterizando dos poblaciones que pueden resumirse del siguiente modo según diversos autores:

Grupo Probable ruta[9] Antigüedad[35] Linajes maternos[9] Linajes paternos[21]
Amerindios panamericanos Migración costera del Pacífico 17 500 A2, B2, C1, C4c, D1, D4h3a Q
Amerindios del este de Norteamérica Corredor libre de hielo 13 000 A2, B2, C1, D1, X2a, X2g Q (C3b, R1b).

Estas teorías se han visto reforzadas por el hallazgo del haplogrupo D4h (también llamado D10) en la isla del Príncipe de Gales (costa del Pacífico de Alaska) de hace 10 300 años.[45]

Este de Norteamérica: linajes de Occidente

Mapa de distribución del haplogrupo X, linaje originado en el Cercano Oriente hace unos 30 000 años.

La presencia del haplogrupo X (ADNmt) al este de Norteamérica(ver mapa), un linaje típico de Eurasia Occidental, es coincidente con la presencia de varios clados ADN-Y también típicos de Eurasia Occidental tales como R1b y otros menores (G, J y E).[46] La presencia en América de estos linajes de Occidente ha sido interpretada con las siguientes tres hipótesis:

Origen siberiano

La presencia de X (ADNmt), R1a, R1b y C (ADN-Y) en América, pudo ser el resultado de migraciones de Siberia a través del corredor libre de hielo,[35] ya que todos estos linajes pueden encontrarse, aunque a veces escasamente, en las poblaciones actuales del sur y centro de Siberia.[47][48][49] Esta hipótesis tiene una concordancia étnica y cultural indígena.[20]

Reciente mestizaje europeo

Mapa de distribución del Haplogrupo R ADN-Y en poblaciones nativas.

Se considera que la presencia de R1b y otros ADN-Y menores en América sería resultado del mestizaje moderno entre amerindios y europeos.[46] Esta hipótesis sería consistente con la evidencia etnográfica entre el contacto entre los pueblos ojibwa y comerciantes europeos,[50] produciéndose un alto mestizaje similar al de los métis, en donde el linaje materno proviene mayormente de nativas canadienses y el paterno de la colonización anglo-francesa.[51][52] Aunque otros autores apoyan esta hipótesis,[21][53] no se ha realizado ni/o publicado el análisis subcladístico detallado que permita descartar otras hipótesis.

Hipótesis solutrense

Otros autores sostienen la posibilidad de colonización de América por una migración proveniente de Europa, particularmente de Iberia y hace 15 000 años, la cual trajo consigo al haplogrupo X y constituiría una conexión entre la cultura solutrense y la cultura clovis.[54] X es común en toda Europa y particularmente en Irlanda se encontró el linaje X2j, el cual es un clado hermano del linaje americano X2a.[55] Además R1b es predominante en Europa Occidental.[56] Algunos autores han equiparado la industria lítica clovis con la de la cultura solutrense, basados en el estilo de la fabricación de herramientas,[57] pero no se considera que haya evidencia concluyente.[58] También se ha sugerido que los restos del hombre de Kennewick, de unos 7500 años de antigüedad y fisonomía similar a los europeos, podría estar relacionada con una inmigración europea en las primeras etapas del poblamiento de América.[59]

También es posible que esté relacionado con la colonización vikinga en América desde el siglo X y que los nativos skræling de Vinland sean una referencia a los pueblos algonquinos del Canadá;[60][61] o también que pudo existir alguna relación algonquino-celta, toda vez que en los pueblos nórdicos y celtas están presentes estos haplogrupos (X2-ADNmt y R1b-ADN-Y).

Mapa de las migraciones humanas prehistóricas según la genética mitocondrial, indicando un probable origen europeo de parte del poblamiento de América.

Según la teoría del poblamiento de América por la ruta del Atlántico, existe gran probabilidad de que parte del poblamiento de América, provino desde Europa, por vía del océano Atlántico.

El poblamiento de América (ruta atlántica) es la teoría del origen de los pueblos indígenas americanos desde Europa, antes de la llegada de Cristóbal Colón. Es controvertida y criticada por historiadores y lingüistas, sin embargo pruebas genéticas de fines del siglo XX, como la presencia del haplogrupo X (ADNmt), puede ser un indicio de migraciones desde Europa de hace unos 13 000 años a. C.

En ese momento ya estaba en curso el poblamiento de América por la ruta del Pacífico. En muchas regiones de América ya existían asentamientos humanos y grupos poblacionales provenientes de Asia y de los que se tienen registros, como la cultura Clovis, la Paccaicasa, la de las cavernas de Tulum, y la Monte Verde I.

Algunos autores sostienen la posibilidad de colonización de América por una migración proveniente de Europa, particularmente de Iberia y hace 15.000 años, la cual trajo consigo al haplogrupo X y constituiría una conexión entre la cultura solutrense y la cultura Clovis.[1] Se ha equiparado la industria lítica Clovis con la de la cultura solutrense, basados en el estilo de la fabricación de herramientas,[2] pero no se considera que haya evidencia concluyente.[3] También se ha sugerido que los restos del hombre de Kennewick, de unos 7 500 años de antigüedad y fisonomía similar a los europeos podría estar relacionada con una inmigración europea en las primeras etapas del poblamiento de América.[4] Restos encontrados cerca de la ciudad de México de hace 13.000 años con apariencia caucásica refuerzan esta hipótesis.[5]

La hipótesis solutrense fue propuesta inicialmente en 1998 por Dennis Stanford del Instituto Smithsoniano (EEUU) y Bruce Bradley de la Universidad de Exeter (Inglaterra).

Migraciones probables venidas de Europa no se hicieron presentes hasta la aparición del Haplogrupo X (ADNmt) un haplogrupo mitocondrial típico de Eurasia Occidental y de poblaciones nativas de América del Norte. Es descendiente del macrohaplogrupo N.[6] Se originó en el Medio Oriente hace unos 30.000 años[7] y sus descendientes son X1 y X2.

Haplogrupo N (ADNmt) se originó probablemente en Asia Meridional. Al igual que Haplogrupo M (ADNmt), tiene una antigüedad aproximada de 60.000 a 65.000 años[8] y un origen probable en Asia Meridional, dada la diversidad en esta región, ya sea por temprana divergencia en la ruta de África o por subsecuentes migraciones de regreso hacia Eurasia Occidental.[9] En la medida de sus frecuencias, Haplogrupo N (ADNmt) es considerado un haplogrupo euroasiático-occidental con su centro más importante de expansión en el Cercano Oriente.[10]

Es la mutación “N” o Haplogrupo N (ADNmt) humano, la que logro hacer las adaptaciones a el frío extremo en euro-asia durante la glaciación conocida como “Würm” en Europa o como “Wisconsin” en América, última que conoció la tierra y terminada el Pleistoceno, llamada la “glaciación antropológica”, debido a que fueron usadas por el hombre para su paso a América. Se considera que la era glaciar comenzó hace 100.000 años y terminó hace 12.000.

Na-dené

Na-dené es una familia de lenguas del noroeste de Norteamérica. Está conformada por las lenguas tlingit, eyak y el conjunto de lenguas atabascanas, como las lenguas apaches, el navajo y el chipewyan, entre otras. La mayor parte de ellas son lenguas tonales, aunque se ha podido probar que el tono es un desarrollo reciente.

El término na-dené fue propuesto originalmente por Edward Sapir para designar un conjunto de lenguas presuntamente emparentadas que incluían a las lenguas atabascanas, al tlingit y al haida (en ese entonces se desconocía la existencia del eyak, lengua más estrechamente emparentada con el atabascano que el tlingit). La hipótesis de que estas lenguas podrían estar relacionadas apareció en el trabajo de Sapir de 1915 “The Na-Dene languages: A preliminary report”, donde describe la elección del nombre