El poblamiento de América

El poblamiento de América es el proceso por el cual se diseminó la especie humana en el continente americano. Los científicos no tienen dudas de que los seres humanos no son originarios de América y está claro que fue poblada por humanos provenientes de otra parte. La evidencia paleoantropológica apoya la hipótesis de que los primeros pobladores llegaron a América procedentes de Siberia, en el extremo noreste de Asia.

Desde antes de 1492 las culturas aborígenes de las Américas construyeron tanto mitos de origen, como relatos de migraciones[2] y acontecimientos históricos, diferentes entre una y otra cultura. Las culturas mesoamericanas consideraban que la presencia humana en el continente americano era muy anterior al que suponían los europeos. La civilización Maya tenía registros históricos escritos al menos desde agosto de 3114 a. C.[3] Otras culturas, como la zapoteca, tenía registros escritos de hechos históricos que se remontaban al año 500 a. C.. Por mucho tiempo, sin embargo se dejó de tener acceso a esos conocimientos de las civilizaciones mesoamericanas y se ignoró la existencia de estos registros hasta el siglo XX.

Los europeos intentaron buscar explicaciones para el origen de los seres humanos con los que se estaban encontrando. Alejo Venegas opinó que provenían de navegantes cartaginenses. Agustín de Zárate consideró que los indígenas podían haber llegado pasando por la Atlántida, antes de que se hundiera según los relatos de Platón.[4] Sin embargo, la mayoría de las primeras explicaciones fueron religiosas, por ejemplo varios autores europeos pensaron que los pobladores de América provenían de las tribus perdidas de Israel.[3]

El sacerdote Miguel Cabello Valboa, malagueño, consideró que los aborígenes americanos descendían del patriarca Ofir (Génesis 10:29) e identificó América con el reino de ese nombre, rico en oro, mencionado en la Biblia (1Reyes 9:28).[5] La idea de situar Ofir en las Antillas fue sugerida por Cristobal Colón,[6] apareció como nota la margen en la edición de 1540 de Robert Estienne de la Biblia y fue expuesta, entre otros, por Pedro Mártir de Anglería en 1526.[7] La identificación de Ofir con el Perú fue sustentada por el teólogo español Benito Arias Montano en 1572[8] y por el erudito Johannes Goropius Becanus en 1580.[9]

El naturalista José de Acosta, sacerdote jesuita, fue el primero en abordar científicamente el poblamiento de América a partir de los descubrimientos geográficos que indicaban la distancia entre Asia y América por el norte es pequeña y los dos continentes están separados apenas por un brazo de mar. Acosta descartó explícitamente la hipótesis sobre el paso por el continente perdido de la Atlántida y añadió además que las tierras desconocidas donde según el Apocalipsis de Esdras fueron llevadas las tribus cautivas de Israel, “no tienen mayor relación con América que la encantada y fabulosa Atlántida”.[10] Acosta demostró que no solamente seres humanos transitaron entre los dos continentes, sino también varias especies animales.

Continuando con una visión científica Fray Gregorio García, hizo una detallada exposición de las diferentes hipótesis conocidas sobre el poblamiento de América, por tierra o por mar. Para él, los indígenas provenían de Asia, de China o Tartaria, dadas las semejanzas físicas entre los habitantes de unos y otro continente.[11]

En contraste, en 1650, James Ussher estableció, basado en la Biblia, que las tribus perdidas abandonaron Israel en el año 721 a. C. y, sobre esa base, la cultura europea sostuvo que América había sido poblada alrededor del año 500 a. C. También tratando de apoyarse en la Biblia, el sacerdote sevillano Diego Andrés Rocha, que vivió desde niño en el Perú, expuso la teoría según la cual el continente americano fue poblado por descendientes de Túbal (hijo de Jafet, Génesis 10:2-5), una parte de los cuales habría poblado España, otra parte la Atlántida y la otra a través de esa hipotética isla, antes de que se hundiera, habría llegado a América. Rocha complementó su teoría con la comparación entre los conquistadores españoles y Moisés.[12]

En 1876, Charles Abbott, un médico norteamericano, encontró unas herramientas de piedra en su granja de Delaware. Debido a las características toscas de los instrumentos, pensó que podrían pertenecer a los antepasados remotos de las culturas indígenas modernas. Debido a ello, consultó con un geólogo de Harvard, quien estimó en 10.000 años de antigüedad la grava que se encontraba alrededor del hallazgo. Abbott sostuvo entonces que se trataba de un asentamiento humano del Pleistoceno, es decir, muchos miles de años más antiguo de lo que establecían las teorías bíblicas dominantes.

La teoría de Abbott fue rechazada por las jerarquías cristianas por oponerse a la Biblia y por la comunidad científica organizada por el Instituto Smithsoniano por no cumplir con los estándares científicos que exigía. Entre los científicos que rechazaron la hipótesis de Abbott se encontraban Aleš Hrdlička y William Henry Holmes. En la actualidad se ha comprobado que Abbott tenía razón en muchas de sus hipótesis y la granja ha sido declarada Monumento Histórico Nacional.

En 1908, George McJunkin encontró unos enormes huesos en un barranco de la aldea Folsom, Nuevo México. McJunkin, un esclavo liberado por la Guerra Civil estadounidense, era geólogo, astrónomo, naturalista e historiador aficionado y durante años intentó llamar la atención de los vecinos de Folsom sobre la probable antigüedad de los huesos.[13] En 1926, cuatro años después de la muerte de McJunkin, el director del Museo de Historia Natural de Colorado, Jesse D. Figgins, se enteró del lugar y descubrió varias puntas de flecha de un estilo muy refinado que luego volverían a encontrarse en Clovis y otros yacimientos. Una de ellas estaba incrustada en la tierra que rodeaba al hueso de un ejemplar de bisonte extinto miles de años atrás.[13]

Figgins llevó las puntas de lanza a Washington DC para enseñárselas a Aleš Hrdlička, en el Instituto Smithsoniano, quien si bien lo trató cortésmente y le sugirió una serie de reglas metódicas para el caso de nuevos descubrimientos, se mantuvo sumamente escéptico y consideró hasta el fin de su vida que Folsom no constituía una prueba concluyente de que América hubiera estado poblada durante el Pleistoceno.[14]

En agosto de 1927, el equipo de Figgins encontró una punta de lanza ubicada entre dos costillas de bisonte. Figgins envió un telegrama y tres científicos viajaron para ser testigos del hecho, e informar de la seriedad del hallazgo. En ese momento, la comunidad científica norteamericana comenzó a aceptar la importancia del yacimiento de Folsom.[15] Han sido datados en 10.285 años a.P.[16] [17]

En 1929, Ridgely Whiteman, un joven indígena de 19 años que venía siguiendo las investigaciones que se estaban realizando en la cercana localidad de Folsom, escribió una carta al Instituto Smithsoniano sobre una serie de huesos que había encontrado en la aldea de Clovis, Nuevo México. En 1932, una excavación realizada por un equipo dirigido por Edgar Billings Howard, de la Universidad de Pensilvania, confirmó que se trataba de un asentamiento indígena durante el Pleistoceno y verificó el tipo especial de punta de flecha que sería conocida como «punta Clovis». Al ser descubierta la datación por carbono 14, en 1949, el método fue aplicado en los yacimientos de Clovis, resultando en antigüedades que oscilaban entre el año 12.900 adP y 13.500 adP.[18] La datación por radiocarbono fue establecida en 11.500 a 10.900 años antes del presente y revisada luego a 11.050 a 10.800 adP,[19]

Desde la década de 1930 y, sobre todo, desde la confirmación de las fechas por el método del carbono 14, la comunidad científica norteamericana organizada alrededor del Instituto Smithsoniano aceptó que la Cultura Clovis era la más antigua de América y que estaba directamente relacionada con la llegada de los primeros hombres. Esto se conoció como Consenso Clovis y tuvo gran aceptación mundial hasta fines del siglo XX. El Consenso Clovis fue la base de la teoría del poblamiento tardío de América.

Hueyatlaco es un sitio arqueológico en Valsequillo (Puebla, México) donde fueron descubiertas herramientas hechas por el hombre en un estrato geográfico que algunos arqueologos han fechado hacia 250 mil años A.C.[1] [2] [3] [4]

Estos hallazgos se hallan en un orden de magnitud mucho más antiguo que la hipótesis Clovis, que ubica la migración humana entre 13 a 16 mil años A. D. Las dataciones fueron confirmadas por un amplio sector de la comunidad científica, y ya hay poca discusión en el ámbito de la literatura científica.[5]

En 1967, José Luis Lorenzo del Instituto Nacional de Antropología e Historia arguyó que los implementos habían sido plantados en el lugar por trabajadores locales de tal forma que era imposible determinar cuáles artefactos fueron descubiertos in situ y cuales fueron plantados.[8] Irwin-Williams replicó que las aseveraciones maliciosas de Lorenzo no tenían fundamento. Por lo tanto, en 1969 Irwin-Williams,[6] citó declaraciones en apoyo de tres prominentes arqueologos y antropólogos (Richard MacNeish, Hannah Marie Wormington and Frederick A. Peterson) quienes cada quien visitaron el sitio y dieron crédito a la integridad de las excavaciones y el profesionalismo de la metodología del grupo.[8]

La fecha más antigua propuesta hasta el momento ha sido publicada por los científicos brasileños Maria da Conceição de M. C. Beltrão, Jacques Abulafia Danon y Francisco Antônio de Moraes Accioli Doria, que sostienen haber hallado algunas herramientas de cuarcita en el yacimiento de Toca da Esperança, un “chopper“, un guijarro con marcas de golpes y una lasca, que fueron datadas en 295.000 a 204.000 años de antigüedad, lo que indicaría presencia de humana anterior al homo sapiens.[39]

En 1994, James Neel y Douglas C. Wallace establecieron un método para calcular la velocidad con que cambia el ADN mitocondrial. Ese método permitió fechar el origen del Homo sapiens, la famosa Eva mitocondrial, entre 100.000 y 200.000 años adP[30] y la salida de África entre 75.000 y 85.000 años atrás. Aplicando este método, Neel y Wallace estimaron en 1994 que el primer grupo humano en ingresar a América lo hizo entre 22.414 y 29.545 años.[31]

Más allá de los debates en marcha y la gran cantidad de preguntas y contradicciones que se presentan en el debate científico actual es posible realizar algunas conclusiones precarias:

  1. Es altamente probable que el hombre americano primitivo proceda del continente asiático, especialmente de las estepas siberianas o de la región del Sudeste asiático. Las semejanzas entre grupos poblacionales asiáticos de esas regiones y la mayoría de los aborígenes americanos ha sido objeto de análisis. De todos modos el hecho de que las dataciones de máxima antigüedad que cuentan con consenso de la comunidad científica, Clovis (EEUU, 12.900-13.500 adP) y Monte Verde (Chile, 14.500 adP), se encuentren simultáneamente en América del Norte y en el extremo sur de América del Sur impide sacar una conclusión definitiva sobre este punto. Sin embargo, estas fechas son aún muy recientes frente a otras fechas datadas en diversos lugares de América, que aún no cuentan con el consenso de la comunidad científica. Habrá que esperar que estos estudios se consoliden. Por ejemplo, entre las numerosas cavernas del nordeste de Brasil se encuentra una conocida como Toca do Boqueirāo da Pedra Furada, la cual cuenta con numerosas evidencias de asentamiento primitivo como instrumentos líticos. Sin embargo, se encontraron otros artefactos en cuarzo que son datados de hace 40.000 años. Semejante observación no es aceptada fácilmente por otros estudiosos que dicen que los cuarzos difícilmente tienen formas definidas que puedan ser consideradas manufactura y que no tiene sentido que los supuestos habitantes de la caverna hubiesen preferido el cuarzo a la piedra abundante del lugar. Las objeciones no restan los misterios que abre Pedra Furada y las excavaciones continúan. Pero aún más al sur, en Chile, las excavaciones de Tom Dillehay y otros muchos arqueólogos en Monte Verde revelan restos de comida e instrumentos que se datan de hace 12.000 e incluso 30.000 años. También Monte Verde es contestado por muchos como una de las más antiguas evidencias humanas en América, pero son más contundentes que las que existen en el hemisferio boreal del continente.[47]
  2. Las culturas prehistóricas y las civilizaciones de América se desarrollaron de manera aislada al resto del planeta.
  3. La Revolución Neolítica americana es original y carece de toda relación con la que se produjo en la Mesopotamia asiática.
  4. El Puente de Beringia desapareció hace 11.000 años (Scott A. Elias[21] ) y, con la excepción de los esquimales, que mantuvieron ininterrumpidamente contactos comerciales marítimos de verano entre Siberia y Alaska,[48] y con Groenlandia, no hay pruebas contundentes que permitan concluir definitivamente que los pueblos amerindios mantuvieron contactos con pueblos de otros continentes. Sin embargo, está plenamente probado que en 982 los vikingos comenzaron la exploración de Groenlandia y Canadá y, establecieron una aldea en L’Anse aux Meadows (Terranova); pero su penetración en el continente no fue significativa. Los científicos debaten varias evidencias del contacto de los polinesios con los indígenas americanos.[49] Otras hipótesis, como la llegada de los fenicios, egipcios, griegos, hebreos, chinos y japoneses gracias a sus habilidades marítimas, siguen siendo hipótesis de difícil demostración. Menos pruebas hay aún de una eventual presencia de amerindios en los demás continentes.

Uno de los elementos que ha llamado la atención de algunos investigadores es la profusión de yacimientos de gran antigüedad en Sudamérica y la escasa cantidad de los mismos en Norteamérica. El dato es llamativo, entre otras cosas, porque Estados Unidos y Canadá han dedicado grandes recursos a investigar los yacimientos arqueológicos, a diferencia de lo que sucede en el sur. No es probable que los yacimientos más antiguos del norte hayan quedado sin descubrir. El dato es llamativo porque, si América fue poblada desde Siberia, los yacimientos más antiguos deberían hallarse en el norte.[45]

Adicionalmente, algunos estudios han detectado entre los paleoindios suramericanos y norteamericanos diferencias de consideración en genes y fenotipos: aquellos con rasgos más australoides, estos con rasgos más mongoloides. Estos elementos han causado una creciente adhesión de algunos investigadores a la hipótesis de un poblamiento autónomo de América del Sur, no proveniente de Norteamérica. Esta hipótesis se relaciona estrechamente con la teoría del ingreso por la Antártida desde Australia.[45]

La historia genética de los indígenas de América se fundamenta en varios campos, tales como la genética del cromosoma Y, la genética mitocondrial, la genética autosomal y la proteica, los cuales van convergiendo aproximadamente en la misma historia. Los patrones genéticos indican que los indígenas de América experimentaron varios episodios genéticos bien marcados: el primero y más importante se dio con el poblamiento inicial de América proveniente de Siberia, el de los paleoamericanos, el cual sería el factor preponderante en el número de linajes y de marcadores genéticos encontrados en la actual población amerindia. Un poblamiento posterior correspondería al de los pueblos na-dené de Norteamérica y otro al de los esquimo-aleutas en el extremo norte; todos ellos también provenientes de Siberia. Adicionalmente, es posible ―aunque todavía no ha sido comprobado―, el aporte genético europeo en la América precolombina.

By Maulucioni (Own work) [CC BY-SA 3.0], via Wikimedia Commons

Mapa de las migraciones humanas fuera de África, versión de Naruya Saitou y Masatoshi Nei (2002) del Instituto Nacional de la Genética del Japón[1] que coincide con la versión de Göran Burenhult.

La teoría de las tres migraciones siberianas que poblaron América apareció en 1985, con las primeras investigaciones genéticas[5] y se popularizó a partir de 1986, a partir de los trabajos del lingüista Joseph Greenberg, la paleoantropóloga Christy Turner y el genetista Stephen Zegura, publicando conjuntamente El Poblamiento de América: Una comparación de la evidencia lingüística, dental y genética.[6]

Greenberg propuso tres familias principales de lenguas en América: esquimo-aleutianas, na-dené y lenguas amerindias, las cuales equivaldrían a tres procesos distintos del poblamiento de América,[7] aunque sus métodos y conclusiones no son aceptados por la mayoría de lingüistas americanistas.

Si bien los dos primeros grupos (esquimo-aleutiano, na-dené) son universalmente aceptados y corresponderían a las dos oleadas más recientes, el tercer grupo el amerindio es enormemente diverso y podría corresponder a un proceso migratorio más largo en el que podrían haber participado grupos lingüísticamente diversos, a diferencia del caso de las dos últimas migraciones.

Como antecedentes de la investigación de estos tres grupos se puede citar que las lenguas na-dené fueron establecidas por Edward Sapir en 1915; la relación entre esquimales y aleutas la determinó Rasmus Rusk en 1819, lo cual fue aceptado por lingüistas y antropólogos del siglo XIX y XX; y finalmente los indicios que aparentemente definen las lenguas amerindias fueron enunciados por Alfredo Trombetti en 1905, y este fue respaldado por Sapir en 1918.

La comparación entre los resultados lingüísticos y genéticos es relativa, toda vez que la genética permite obtener conclusiones en base al reloj molecular con miles e incluso millones de años de antigüedad dada la gran variedad de las cadenas nucleicas y proteicas, en cambio la lingüística permite el análisis solo hasta los 5000 o 6000 años de antigüedad, pues en periodos más largos el porcentaje de palabras que muestran el parentesco entre dos lenguas es demasiado bajo para resultar estadísticamente fiable.[8] Si bien es posible que durante el paleolítico se hubiera llevado a cabo más de una migración, en base a la evidencia actual no es posible validar, si bien tampoco descartar la hipótesis amerindia de la única lengua ancestral paleoamericana.[9]

Los primeros linajes descubiertos los dio la genética mitocondrial, encontrándose en 1990 cuatro grupos de haplotipos (haplogrupos) en los amerindios[12] y una variante de uno de ellos en los pueblos na-dené.[13] Estos cuatro haplogrupos fueron nombrados en 1992 usando las primeras letras del alfabeto: A, B, C y D, comprobando además el origen asiático de la colonización de América.[14] Al encontrar que en los nativos na-dené dogrib del Canadá se halló casi exclusivamente el grupo A, pronto se dedujo que ello respalda el origen independiente de los pueblos na-dené, pues los amerindios tendrían un origen más antiguo migrando desde Siberia a través del puente de Beringia y con una temprana tribalización.[15]

Pocos años después (1998) se descubrió un quinto linaje, el haplogrupo X, el cual tiene una distribución filogeográfica diferente, ya que mientras los primeros cuatro haplogrupos A, B, C y D se desarrollan en Asia Oriental y se extienden por toda América, X es típico de Eurasia Occidental, encontrándose en Europa en bajas frecuencias y circunscribiéndose en el Nuevo Mundo sólo a Norteamérica.[16]

En 2014, el análisis del ADN mitocondrial del esqueleto completo de Naia, datado en 12 900 años AP, encontrado en México, un sistema de cuevas sumarinas de Tulum ha probado un vínculo genético entre los paleoamericanos y los modernos nativos americanos ya que encontró que Naia tenía el haplogrupo D1, exclusivo de los actuales amerindios, especialmente de América del Sur.[17]

En los nativos americanos existe un solo linaje patrilineal claramente mayoritario, determinado en 1995, se lo denominó DYS199 (actualmente Q-M3 o Q1a2a1a1) y se presenta en todos los pueblos indígenas americanos, incluidos los esquimales, pero especialmente en Centroamérica y Sudamérica con frecuencias de más del 90%.[19]

Posteriormente se determinaron otros linajes, especialmente los haplogrupos C y R en Norteamérica, por lo que se dedujo que pudo haber dos migraciones primarias procedentes de Siberia,[20] dando lugar a la siguiente distribución:

Región Linajes maternos[16] Linajes paternos[21]
Norteamérica A, B, C, D, X C, Q, R
Mesoamérica y Sudamérica A, B, C, D Q

Si bien Q-M3 (Q1a2a1a1) está muy extendido en toda América, su presencia está relacionada específicamente con la primera migración, la de los paleoamericanos. Migraciones posteriores trajeron otros linajes, así pues, en los pueblos na-dené predomina el haplogrupo C-P39 (C3b1) y en los esquimales Q-NWT01 (Q1a1a).[22]

Genética autos

Los últimos estudios genéticos realizados sobre el Polimorfismo de nucleótido concluyen que el poblamiento de América se realizó en tres oleadas migratorias desde Asia, en donde los primeros americanos habrían llegado hace unos 15 000 años y posteriormente llegaron los pueblos na-dené y los esquimoaleutianos.[23]

Se considera que los primeros emigrantes siberianos que poblaron América tenían a su vez un origen dual, es decir que eran mestizos descendientes de hombres caucásicos y mujeres mongólicas. Pueblos con estas características habitan la Siberia Central en la actualidad.[42]

El análisis genómico de un niño del sur de Siberia de hace 24 000 años confirma esta dualidad, el mestizaje de poblaciones del este de Asia y Eurasia Occidental formó parte del acervo ancestral de los indígenas americanos.[43]

Posibles rutas colonizadoras paleoamericanas: 1) Hipótesis Clovis del corredor libre de hielo. 2) Hipótesis de la migración costera del Pacífico. 3) Hipótesis solutrense del origen europeo de los pueblos del este de Norteamérica.

La idea de dos rutas de colonización de América desde Siberia proviene del hecho de que los paleoamericanos pueden dividirse razonablemente en dos subgrupos genéticamente diferenciados, ya sea por el cromosoma-Y o por el ADN mitocondrial o por ambas, generando dos rutas, una más antigua que la otra y caracterizando dos poblaciones que pueden resumirse del siguiente modo según diversos autores:

Grupo Probable ruta[9] Antigüedad[35] Linajes maternos[9] Linajes paternos[21]
Amerindios panamericanos Migración costera del Pacífico 17 500 A2, B2, C1, C4c, D1, D4h3a Q
Amerindios del este de Norteamérica Corredor libre de hielo 13 000 A2, B2, C1, D1, X2a, X2g Q (C3b, R1b).

Estas teorías se han visto reforzadas por el hallazgo del haplogrupo D4h (también llamado D10) en la isla del Príncipe de Gales (costa del Pacífico de Alaska) de hace 10 300 años.[45]

Este de Norteamérica: linajes de Occidente

Mapa de distribución del haplogrupo X, linaje originado en el Cercano Oriente hace unos 30 000 años.

La presencia del haplogrupo X (ADNmt) al este de Norteamérica(ver mapa), un linaje típico de Eurasia Occidental, es coincidente con la presencia de varios clados ADN-Y también típicos de Eurasia Occidental tales como R1b y otros menores (G, J y E).[46] La presencia en América de estos linajes de Occidente ha sido interpretada con las siguientes tres hipótesis:

Origen siberiano

La presencia de X (ADNmt), R1a, R1b y C (ADN-Y) en América, pudo ser el resultado de migraciones de Siberia a través del corredor libre de hielo,[35] ya que todos estos linajes pueden encontrarse, aunque a veces escasamente, en las poblaciones actuales del sur y centro de Siberia.[47][48][49] Esta hipótesis tiene una concordancia étnica y cultural indígena.[20]

Reciente mestizaje europeo

Mapa de distribución del Haplogrupo R ADN-Y en poblaciones nativas.

Se considera que la presencia de R1b y otros ADN-Y menores en América sería resultado del mestizaje moderno entre amerindios y europeos.[46] Esta hipótesis sería consistente con la evidencia etnográfica entre el contacto entre los pueblos ojibwa y comerciantes europeos,[50] produciéndose un alto mestizaje similar al de los métis, en donde el linaje materno proviene mayormente de nativas canadienses y el paterno de la colonización anglo-francesa.[51][52] Aunque otros autores apoyan esta hipótesis,[21][53] no se ha realizado ni/o publicado el análisis subcladístico detallado que permita descartar otras hipótesis.

Hipótesis solutrense

Otros autores sostienen la posibilidad de colonización de América por una migración proveniente de Europa, particularmente de Iberia y hace 15 000 años, la cual trajo consigo al haplogrupo X y constituiría una conexión entre la cultura solutrense y la cultura clovis.[54] X es común en toda Europa y particularmente en Irlanda se encontró el linaje X2j, el cual es un clado hermano del linaje americano X2a.[55] Además R1b es predominante en Europa Occidental.[56] Algunos autores han equiparado la industria lítica clovis con la de la cultura solutrense, basados en el estilo de la fabricación de herramientas,[57] pero no se considera que haya evidencia concluyente.[58] También se ha sugerido que los restos del hombre de Kennewick, de unos 7500 años de antigüedad y fisonomía similar a los europeos, podría estar relacionada con una inmigración europea en las primeras etapas del poblamiento de América.[59]

También es posible que esté relacionado con la colonización vikinga en América desde el siglo X y que los nativos skræling de Vinland sean una referencia a los pueblos algonquinos del Canadá;[60][61] o también que pudo existir alguna relación algonquino-celta, toda vez que en los pueblos nórdicos y celtas están presentes estos haplogrupos (X2-ADNmt y R1b-ADN-Y).

Mapa de las migraciones humanas prehistóricas según la genética mitocondrial, indicando un probable origen europeo de parte del poblamiento de América.

Según la teoría del poblamiento de América por la ruta del Atlántico, existe gran probabilidad de que parte del poblamiento de América, provino desde Europa, por vía del océano Atlántico.

El poblamiento de América (ruta atlántica) es la teoría del origen de los pueblos indígenas americanos desde Europa, antes de la llegada de Cristóbal Colón. Es controvertida y criticada por historiadores y lingüistas, sin embargo pruebas genéticas de fines del siglo XX, como la presencia del haplogrupo X (ADNmt), puede ser un indicio de migraciones desde Europa de hace unos 13 000 años a. C.

En ese momento ya estaba en curso el poblamiento de América por la ruta del Pacífico. En muchas regiones de América ya existían asentamientos humanos y grupos poblacionales provenientes de Asia y de los que se tienen registros, como la cultura Clovis, la Paccaicasa, la de las cavernas de Tulum, y la Monte Verde I.

Algunos autores sostienen la posibilidad de colonización de América por una migración proveniente de Europa, particularmente de Iberia y hace 15.000 años, la cual trajo consigo al haplogrupo X y constituiría una conexión entre la cultura solutrense y la cultura Clovis.[1] Se ha equiparado la industria lítica Clovis con la de la cultura solutrense, basados en el estilo de la fabricación de herramientas,[2] pero no se considera que haya evidencia concluyente.[3] También se ha sugerido que los restos del hombre de Kennewick, de unos 7 500 años de antigüedad y fisonomía similar a los europeos podría estar relacionada con una inmigración europea en las primeras etapas del poblamiento de América.[4] Restos encontrados cerca de la ciudad de México de hace 13.000 años con apariencia caucásica refuerzan esta hipótesis.[5]

La hipótesis solutrense fue propuesta inicialmente en 1998 por Dennis Stanford del Instituto Smithsoniano (EEUU) y Bruce Bradley de la Universidad de Exeter (Inglaterra).

Migraciones probables venidas de Europa no se hicieron presentes hasta la aparición del Haplogrupo X (ADNmt) un haplogrupo mitocondrial típico de Eurasia Occidental y de poblaciones nativas de América del Norte. Es descendiente del macrohaplogrupo N.[6] Se originó en el Medio Oriente hace unos 30.000 años[7] y sus descendientes son X1 y X2.

Haplogrupo N (ADNmt) se originó probablemente en Asia Meridional. Al igual que Haplogrupo M (ADNmt), tiene una antigüedad aproximada de 60.000 a 65.000 años[8] y un origen probable en Asia Meridional, dada la diversidad en esta región, ya sea por temprana divergencia en la ruta de África o por subsecuentes migraciones de regreso hacia Eurasia Occidental.[9] En la medida de sus frecuencias, Haplogrupo N (ADNmt) es considerado un haplogrupo euroasiático-occidental con su centro más importante de expansión en el Cercano Oriente.[10]

Es la mutación “N” o Haplogrupo N (ADNmt) humano, la que logro hacer las adaptaciones a el frío extremo en euro-asia durante la glaciación conocida como “Würm” en Europa o como “Wisconsin” en América, última que conoció la tierra y terminada el Pleistoceno, llamada la “glaciación antropológica”, debido a que fueron usadas por el hombre para su paso a América. Se considera que la era glaciar comenzó hace 100.000 años y terminó hace 12.000.

Na-dené

Na-dené es una familia de lenguas del noroeste de Norteamérica. Está conformada por las lenguas tlingit, eyak y el conjunto de lenguas atabascanas, como las lenguas apaches, el navajo y el chipewyan, entre otras. La mayor parte de ellas son lenguas tonales, aunque se ha podido probar que el tono es un desarrollo reciente.

El término na-dené fue propuesto originalmente por Edward Sapir para designar un conjunto de lenguas presuntamente emparentadas que incluían a las lenguas atabascanas, al tlingit y al haida (en ese entonces se desconocía la existencia del eyak, lengua más estrechamente emparentada con el atabascano que el tlingit). La hipótesis de que estas lenguas podrían estar relacionadas apareció en el trabajo de Sapir de 1915 “The Na-Dene languages: A preliminary report”, donde describe la elección del nombre

canibalismo en América

La existencia de caníbales y canibalismo en América es uno de los primeros mitos establecidos por los españoles.

Aunque Colón dice haber oído de los indios taínos sobre la existencia de otras tribus que devoraban hombres y a los que llamaban “caniba”, el navegante le restó importancia en su crónica del primer viaje, considerando que los taínos, tribus mal armadas, eran cobardes y exageraban la ferocidad de los caribes. Pero ¿cómo supo eso Colón?, si no hablaba ningún idioma indígena y su traductor” era un judío que hablaba árabe.

El Vaticano prohibió hacer esclavos a los nativos americanos, a menos que estos fueran caníbales. Entonces era válido esclavizarlos y cristianizarlos por la fuerza por el bien de su alma. Los pueblos que ofrecían resistencia a los españoles fueron declarados caníbales.

Arens, un antropólogo, afirma  en su libro El mito del come-hombres que una revisión crítica todas las evidencias antropológicas no muestra evidencia de canibalismo generalizado como costumbre en ninguna cultura.

En el año 2006, Hollywood trajo nuevamente a la escena mundial el mito de los comedores de carne humana en el Caribe con la superproducción: Piratas del caribe 2: El cofre del hombre muerto. La película está ambientada en el siglo XVIII y presenta escenas donde los protagonistas tienen que enfrentar una tribu caníbal en la isla caribeña de Pelegosto.

Vale la pena recordar que el canibalismo famoso en los relatos de viaje del siglo XVIII ya no era el del Nuevo Mundo, el Caribe o Brasil; era principalmente el practicado por las tribus que habitaban el Pacífico Sur, la nueva frontera para el siglo XVIII. Es precisamente a partir de los relatos de exploración del capitán Cook y especialmente el episodio de su muerte a manos de los hawaianos, el 14 de febrero de 1779, la que marcará al Pacífico como la nueva región del mundo donde habitaban los caníbales. Una de las versiones de la muerte del capitán Cook cuenta que durante la celebración religiosa del Makahiqui el capitán es sacrificado por los hawaianos que lo identificaron con el dios de la fertilidad Akua Lono.

La referida escena de los caníbales en Piratas del Caribe sigue los estereotipos y clichés del canibalismo del Pacífico: cómo la tribu nombra a su víctima rey-dios hasta el día del sacrificio, cuando deberá ser cocinada y devorada, o en otras versiones, sacrificada siendo lanzado en un volcán.

El mito del canibalismo en el Caribe se remonta al siglo XV, cuando los europeos arriban a las Antillas; entonces ésta es la frontera  a la que ellos habían llegado.

La Carta de Colón de 1493 registró una costumbre entre los indios que la tradición occidental abominaba y temía: el consumo de carne humana:

“[…] En estas islas adonde hay montañas grandes ahí tenia fuerza el frío este invierno; mas ellos lo sufren por la costumbre [y] con la ayuda de las viandas; comen con especias muchas y muy calientes en demasía. Asi que mostruos no he hallado, ni noticia, salvo de una isla que es aquí en la segunda a la entrada de las Yndias, que es poblada de una gente que tienen en todas las islas por muy feroces, los cuales comen carne humana. Estos tienen muchas canoas, con las cuales corren todas las islas de India [y] roban y toman cuanto pueden […]”.

 

En el Diario de Colón, en el episodio del viernes 23 de noviembre de 1492[6] sería registrado el nacimiento del término caníbal:

 

“[…] El Almirante navegó todo el día para la tierra, siempre al sur. Sobre ese cabo se sobrepone otra tierra o cabo, que también va para el este, y que aquellos indios que llevaba la llamaron de “Bohio”. Decían que era muy grande y que allá había una gente que tenía un ojo en la frente, y otros que los llamaban de caníbales, de quién demonstraban tener mucho miedo […]”.

Efectivamente, era la primera vez que, en un documento europeo se hacía mención al término caníbal, que vendría a estigmatizar a los habitantes de las Antillas que no se sometieron al dominio ibérico en las actuales costas de Colombia y Venezuela.

Lo que es fundamental  es la división es que se establece una clara demarcación entre el indio bueno, edénico e inocente, bases del futuro ‘buen salvaje’, y el indio malo feroz y antropófago, el caribe salvaje.

El mito del caníbal como devorador de carne humana comenzó a ser forjado con Colón y Vespucio. Estos comportamientos viciosos y salvajes de los aborígenes, desde la perspectiva occidental, sólo reforzaban la idea de la superioridad del europeo cristiano y justificaba la guerra justa, sus derechos como conquistadores y colonizadores para evangelizar y controlar los nuevos territorios, en la medida en que se necesitaban nativos para la conversión y para mano de obra. En la Real Cédula de 1503 se autoriza a los conquistadores españoles a esclavizar a los indios caribes bajo pretexto de su canibalismo y por haberse opuesto a sus requerimientos “pacíficos”.

Los intentos hechos al aplicar la concepción aristotélica de la esclavitud natural y la guerra justa contra los nativos llevaron a agitados debates en Europa, especialmente en España.  Autoridades, como el jurista español Juan Ginés de Sepúlveda, no sólo sustentaban este punto de vista con gran tenacidad y erudición, sino que también concluían que los indígenas eran de hecho tan rudos y brutales que era “oportuna y legal” una guerra contra ellos para hacer posible su cristianización.

 

Roberto Gambini y Williasm Arens están de acuerdo al afirmar que muchos aborígenes que no practicaban rituales antropofágicos, pero que habitaban las áreas de frontera o resistían al europeo conquistador, acabaron catalogados como caníbales, quitándoles su condición humana para justificar su dominación y posterior esclavitud. El canibalismo se saca del escenario ritual y se le considera como un hecho del que se tiene noticia por boca de terceros.

El indio hostil era un bárbaro, un salvaje que se oponía a la autoridad soberana de los monarcas españoles y a su propia salvación espiritual y por extensión, un claro candidato a ser considerado antropófago. El cronista Pedro Cieza de León, describiendo la región colombiana de Antioquía:

Todos los naturales desta región comen carne humana, y no se perdonan en este caso;  porque en tomándose unos a otros (como no sean naturales de un propio pueblo), se comen …

Las acusaciones de canibalismo contribuían a la deshumanización de los extraños, pues los hombres que comen a otros hombres nunca podían ser completamente humanos.

Las acusaciones y descripciones de canibalismo, ya vinieran de hombres de armas como Bernal Díaz del Castillo, de cronistas como Pedro Cieza de León o de eclesiásticos como fray Bernardino de Sahagún, por citar tres de las principales fuentes sobre el canibalismo indígena del XVI, encubrieron muchas veces la necesidad de ejercer un claro control sociopolítico y militar sobre esas sociedades y de delimitar claramente el sistema de valores propio. El desprecio etnocéntrico hacia formas culturales distintas, ya denunciado por Michel Eyquem de Montaigne en sus Essais (1580). En los argumentos y polémica del siglo XVI sobre la justificación ética de la conquista, el canibalismo, considerado como práctica antinatural, es inevitable referencia.

Como quiera que sea, nos encontramos en pleno siglo XVI con la paradoja de una nación que persigue el canibalismo y que lo emplea como casus belli contra los indígenas que quiere conquistar, y que no sólo tiene una larga tradición en la práctica del canibalismo de penuria, sino que a lo largo de su labor civilizadora en el Nuevo Mundo va a practicarlo con pasmosa asiduidad.

La práctica del canibalismo por parte hispana, utilizando exclusivamente víctimas indígenas es lo que denominamos como exocanibalismo violento, por cuanto las víctimas no pertenecen al mismo grupo social de los verdugos y además se utiliza el asesinato para adquirir el humano alimento. Cualquier estudio en profundidad revelaría seguramente que estos son los casos que con mayor frecuencia se produjeron y donde se evidenciaría un etnocentrismo de supervivencia llevado a sus últimas consecuencias. La condición básica para que se de esta circunstancia es evidentemente la presencia del indígena, al lado del conquistador, presencia fácilmente constatable en gran parte de los acontecimientos históricos del período de conquista. El razonamiento es bien sencillo y no deja lugar a dudas; convencidos los españoles del canibalismo de los indígenas con los que entran en contacto, antes que morir comidos, mejor morir comiendo.

Hay también instancias de comportamiento caníbal con asesinato previo entre los propios españoles. Nos encontraríamos ante un caso de endocanibalismo violento, por cuanto la víctima no solo pertenecería al mismo grupo social, sino que además se utilizaría el asesinato de los propios compañeros, como hecho previo al acto caníbal. La posible excepcionalidad de estos hechos no impide la existencia de referencias que nos ayudarían a situar los auténticos límites de la conquista. Aguado nos dice:

… y les sobrevino tiempo en que, considerando la canina hambre que entre los españoles avía, miraba cada cual por su persona, temiendo que la hambre no fuese causa de rescibir por mano de sus propios compañeros la muerte.

Durante la expedición de Pánfilo de Narváez a la Florida (1528), esta queda desarmada y grupos de náufragos acaban vagando por diversas zonas costeras del golfo de México. El relato que de los hechos nos dejó Alvar Núñez Cabeza de Vaca en sus conocidos  Naufragios puede ser criticado y puesto en cuestión, por la dificultad de contrastar los acontecimientos, pero a priori Alvar Núñez tampoco tiene ningún reparo (dado que el no participó en los actos caníbales) en contar lo sucedido.

Y cinco cristianos que estaban en rancho en la costa llegaron a tal extremo, que se comieron los unos a los otros, hasta que quedó uno solo, que por ser solo no hubo quién lo comiese … De este caso se alteraron tanto los indios, y hubo entre ellos tan gran escándalo, que sin duda si al principio ellos lo vieran, los mataran, y todos nos viéramos en grande trabajo.

De esta cita, que representa seguramente el primer caso de canibalismo occidental en América del Norte nos quedamos con la segunda parte. La reacción de los nativos (tunicas o KaranKawas de las costas de Texas) es totalmente contraria a la que cabría esperarse de pueblos presuntamente bárbaros, hostiles y caníbales. La situación se invierte totalmente y el cuadro nos presenta a unos escandalizados indígenas ante las actitudes caníbales de unos extraños, totalmente alejados de su marco cultural. Y es verdad que en numerosas ocasiones, los españoles, para quiéncasi todos los grupos nativos eran potencialmente caníbales hasta que no se demostrase lo contrario, se encontraron con la sorpresa de averiguar que dichos indígenas también sospechaban de la posible antropofagia de los españoles. Aunque en el razonamiento de ambos grupos a la hora de atribuir la práctica caníbal al otro, encontraríamos elementos diferenciales, sin embargo no deja de llamar la atención el hecho de que en el mundo indígena se puedan encontrar discursos semejantes en lo que respecta a la peligrosidad caníbal. El canibalismo puede estar vinculado al hambre, pero el hambre no está necesariamente vinculada al canibalismo.

El mapa del canibalismo hispano en la América de la conquista, esta aún por realizarse. Pero las múltiples referencias que se pueden encontrar releyendo las principales fuentes y crónicas del momento, nos indican que estos casos son seguramente la punta visible de un iceberg,

El canibalismo hispano y sus formas, no pueden ser entendidas como una adaptación extrema al hambre y habrá que conceptualizar la práctica caníbal hispana como parte de la propia lógica cultural. En este sentido la asimétrica relación cultural que se establece entre sociedad colonial y mundo indígena, condicionaría la facilidad con que muchas veces se traspasa la barrera ética y moral que constituye el canibalismo en la sociedad occidental. Es un Canibalismo ligado a la propia dinámica del proceso de conquista y a las actividades de riesgo que esta comporta. En este sentido, a mayor riesgo mayores posibilidades de caer en situaciones de penuria alimenticia, de hambre prolongada, de angustia frente a la muerte y de llegar al terreno de las tentaciones caníbales. Nos encontraríamos básicamente ante la existencia de un canibalismo de proyección (exocanibalismo) hacia el mundo indígena, entendido este como un mundo de rango inferior en su condición humana y por tanto violable en todos los sentidos. Podríamos hablar de una actitud de superioridad caníbal. Se mata y se come porque uno se sitúa siempre por encima de lo que se come.

los primeros humanos que llegaron a América

En el año 2007, encontraron en México los restos de un esqueleto que podría resolver el misterio de los primeros humanos que llegaron a América. Un nuevo estudio, publicado en la revista Science, revela datos sobre el origen de los americanos.

El esqueleto recibió el nombre de Naia, en honor a los espíritus de las aguas griegas conocidos como naiades, y analizarlo no fue tarea fácil. Se encontraba sumergido en una cueva submarina debajo del este de la Península de Yucatán, conocida como Hoyo Negro, a la cual sólo nadadores especialistas pueden acceder, por lo que extraerlo fue todo un reto.

Basado en el desarrollo de los huesos y dientes, se cree que perteneció a una adolescente de aproximadamente 15 o 16 años de edad, con una estatura de 1.49 metros. Los investigadores sugieren que los restos son de entre 12 mil y 13 mil años de antigüedad, por lo que podrían ayudar a revelar la misteriosa relación entre los primeros americanos y los nativos americanos modernos.

A pesar de mostrar algunas diferencias en la cara y el cráneo, en comparación con los nativos americanos modernos, el ADN que lograron extraer intacto de una muela sugiere que están significativamente relacionados y que probablemente deriven de la misma reserva genética. Las diferencias en el rostro y la cabeza posiblemente se deban a los cambios evolutivos que ocurrieron durante y tras la colonización. El ADN también reveló que Naia tenía la misma mutación genética que las tribus amerindias modernas; una marca genética que sólo se ha encontrado en americanos.

Los nativos americanos modernos tienen una genética similar a los siberianos, por lo que se cree son descendientes de personas que llegaron a Beringia, la tierra que conectaba Asía con el Norte de America, entre 26 mil 18 mil años atrás.

Leopardus pardalis

El ocelote (del náhuatl océlotl) (Leopardus pardalis, antes Felis pardalis) es una especie de mamífero carnívoro de la familiaFelidae.2 Se encuentra ampliamente distribuido en América, donde se diferencia en numerosas subespecies.

El ocelote se conoce también como jaguarcito (Chaco), manigordo (Costa Rica y Panamá), cunaguaro (en Venezuela), tigrillo(en ColombiaMéxicoEcuadorEl Salvador y Perú), jaguatirica (en Brasil), jaguarete´i o mbarakaja (en guaraní pequeño jaguarete o gato respectivamente) (en Paraguay), y gato onza en Argentina. Es de notar que los nombres de ocelote y de tigreson compartidos, según las zonas, con el distinto y mucho mayor félido llamado usualmente jaguar (Panthera onca).